Será magnifico escucharla
-dije, siguiéndole la corriente marina.
Cortázar (las ménades)
Quién
pudiera como el río, ser fugitivo y eterno.
Dulce
María Loynaz
El “entre” del poeta y el semidiós. El decir
fundacional del poeta.
En el Epílogo a ¿Qué es metafísica? Heidegger admite que tal vez sepamos algo sobre la relación entre la
filosofía y la poesía. Advirtamos sólo de paso que, para Heidegger, la
filosofía se distingue del pensar esencial, y la Poesie como oficio de la Dichtung
como poetizar fundacional. Sigue diciendo: “Pero no sabemos nada del
diálogo entre el poeta y el pensador, que “habitan cerca sobre las más
distantes montañas” (Heidegger, ¿qué es metafísica, p, 258 ) ¿Qué nos sugiere
esta frase? De ambos, del poeta y del pesador, se dice que son cumbres, lo cual
da la idea de lo más alto. Y sin embargo, son las cumbres más lejanas entre sí.
Ahora bien, toda verdadera cercanía
procede de la experiencia de la lejanía, y
hasta de la extrañeza y apatridad, como fue la experiencia de Hölderlin. El
hombre mismo es caracterizado como “ente de lejanía”, una trascendencia
existencial hacia posibilidades, pero, al mismo tiempo, es el “vecino del ser”,
el guardián de su verdad. Cabe preguntarse qué acerca desde su lejanía al poeta
y al pensador para hacer posible el diálogo, incluso ese diálogo que somos
en tanto hombres. Por un lado, es ese mismo cielo que cubre a ambas montañas y que está habitado por los dioses. Y, por otro, los une también la tierra convertida en valle. En él
habitan los hombres.
En ese
contexto, Heidegger había diferenciado a los interlocutores del diálogo: “El pensador dice el ser. El poeta
nombra lo sagrado” (Heidegger, ¿qué significa pensar? p, 260) “Decir”
etimológicamente significa “dejar ver, mostrar” y así sostiene la dramática de
la verdad como un patentizar desde un ocultamiento inagotable. Es propio del pensar. En cambio, le toca al poeta dar el nombre
esencial y su palabra se aproxima a la acción de gracias, sin embargo, también le corresponde decir lo
sagrado como venidero, es entonces un pre-decir. La palabra poética es incluso
el decir fundacional en obediencia a la donación de lo sagrado. “Lo sagrado dona la palabra y viene él mismo a la palabra.
La palabra es el acontecimiento-propiación de lo sagrado” (Ibíd, p, 260)
Pero tanto
en el Epílogo, como en la Carta
sobre el “humanismo”, insiste
incluso en la prelación de la cuestión de la verdad del ser, que ha de
pensarse, sobre la epifanía de lo sagrado. Nuevamente se apunta en primer lugar
a lo que aleja al pensador y al poeta. Por eso necesitamos reiterar la pregunta
por aquello que los acerca. Entonces vemos que tienen ese “aire de familia” porque comparten su procedencia del silencio y el cuidado por la
palabra en el borde mismo del abismo abierto por los temples fundamentales de la angustia y el respeto o duelo sagrado.
La
experiencia de la lejanía conlleva la pérdida del lenguaje, nos convierte en
meros signos que apuntan hacia lo que se retira y se sustrae. En la conferencia
de 1952, “¿Qué significa pensar?”, Heidegger
evoca el poema de Hölderlin cuyo título definitivo reza “Mnemosyne”:
Un
signo somos, sin interpretación
Sin dolor estamos nosotros y casi
Hemos
perdido la lengua
(…)Porque
los celestes no lo pueden todo.
Los
mortales ciertamente alcanzan antes el abismo
El mito de Mnemosyne, titánida hija del cielo
y de la tierra y madre de las nueve
musas, nos permite otro acceso al origen común entre el pensar y el poetizar. Ambos
están imantados por el acontecimiento-propiación que en su retirarse asigna lo
por pensar y decir. Mnemosyne puede traducirse como memoria, que a su vez se
emparenta con lo pensado. Este pensar rememorante es aquel pensar primordial
que ante todo hay que tener en cuenta. Así reúne lo que esencia, y lo que llega
a la presencia. Pero Memoria, como coligada conmemoración de lo que está por-
pensar, es la fuente del poetizar. Según esto la esencia de la poesía descansa
en el pensar. No obstante, falta el pensar trágico que concede el dolor y con
él la interpretación del signo que somos. Esto haría también posible el diálogo
con un poetizar cuyo decir, como ningún otro, busca su eco en el pensar. Sin
embargo, lo dicho poetizando y lo dicho pensando no son nunca lo mismo. Pero lo
uno y lo otro pueden, de distintas maneras, decir lo mismo. Esto sólo se
consigue si se abre de un modo claro y decidido el abismo que hay entre
poetizar y pensar. Esto ocurre siempre que el poetizar es alto y el pensar
profundo.
Lo mismo no es una identidad inerte y
tautológica (lo igual), sino la reunión y la relación en la diferencia. Un
abismo diferencia el poetizar del pensar. Son respectivamente lo más alto y lo
más profundo. Los poetas alcanzan lo más alto porque son abrazados por lo
sagrado, mientras que los pensadores son aquellos mortales que bucean en lo más
profundo. Ni los dioses ni los hombres tienen una relación directa con lo sagrado, sino que, los hombres necesitan
de los dioses y los celestes necesitan
de los mortales. Lo sagrado se
vislumbra en ese replicarse mutuo de dioses y hombres, de poetas y pensadores…
podríamos, tendríamos que añadir: y de
semidioses.
Escuchando
La
interpretación que pretende llevar a
cabo Heidegger y que, ya hemos dicho continuamente, se mueve de lo
más externo a lo más interno, debe, en
tanto que oír, escuchar el Rhin, seguir y acompañar a un decir poético
en el cual el Ser de los semidioses deberá tomar forma.
Teniendo
como punto de partida este tipo de proceder que exige el mismo decir poético,
nos adentraremos en la fuerza de la poesía de manera que en su oleaje y poder
característicos, descubramos, desvelemos la presencia misma del semidiós en su
clamor esencial, original.
El
semidiós es el Ser que, en tanto que
mediador, se refiere doblemente a Dioses y hombres y entonces, a pesar de su
esencialidad propia ella misma es escindida y doble. Estamos situados en una
ruptura y, sin embargo, en una ruptura fundante. Pensamos entonces desde la
diferencia, nos ubicamos en el “entre”
los dioses y los hombres, en el padecimiento mismo de la distancia y, a su vez, de la cercanía.
Se instaura el espacio de proximidad donde los dioses son dioses y los hombres,
simplemente hombres. No obstante, los
hombres sólo son cuando están en el escenario de los dioses reafirmando la
diferencia y, simultáneamente la proximidad. El semidiós representa el espacio
intermedio (al igual que el poeta) y, en
esa medida, fracturado, “estado” o “situación” que representa para el pensar
cotidiano, que pretende comprender el decir poético, una obstrucción, una
barrera, es decir, lo incomprensible.
El
decir poético es en sí mismo fluvial, es un ir y venir del decir que se expone
a sí mismo y en esa oscilación se manifiesta la esencia múltiple para lo que
dice. Cada estrofa, incluso en las que no hay un contenido plástico, no son una
deliberación filosófica de lo dicho en las otras estrofas, sino que son, en
cada caso, una progresión.
El juego de la pelota
Heidegger
pretende establecer una diferencia básica, y, en esa medida, estructural con
respecto a los ríos, asumidos a partir de la perspectiva técnica-funcional,
según la cual, el río es uno más de los
entes pertenecientes a esa colección de entes que constituye a la “naturaleza”
y que, a su vez y, comprendidos de tal forma, son determinados, dominados,
encauzados, emplazados. No son sin más los objetos de estudios asumidos por la
ciencia y sus diversas ramas. Los ríos son estimados por sí mismos, y, es así
por lo que no son meras “imágenes” para algo, sino más bien, son estimados por
sí mismos, condición que si se cumple, posibilitará que la tierra natal también
lo sea. Heidegger comprende entonces, a la naturaleza desde su acepción
metafísica, esto es, como physis; “Pues
precisamente el sentido metafísico de naturaleza, natura, physis –en la fuerza nominativa primordial de la palabra- es ya una
interpretación esencial del ser, con la que la ciencia de la naturaleza nada
tiene que ver” (p, 176).
Justamente,
la naturaleza originaria que había sido comprendida y plenamente manifestada por
los griegos, fue desnaturalizada,
reducida por dos poderes que el mismo Heidegger denomina como “extraños”, a
saber, el del Cristianismo en el que la
naturaleza fue “lo creado” y, a su vez, puesta en relación, en tanto que “lo creado”, con el
reino de la gracia como un tipo de Sobre- naturaleza. Y, por otro lado, por el
de la ciencia moderna en la que la naturaleza se disuelve en los dominios de
poder de la técnica en un sentido especialmente mecanicista: “Ambos
acontecimientos, por su parte, la han devuelto nuevamente hacia el modo de
aprehensión de la ciencia en general, no sólo de las ciencias de la naturaleza,
y la han conducido hasta lo que hoy tenemos: la ciencia como industria
organizada para la obtención y difusión de conocimientos.”(p, 176). Se
propone entonces no la instauración de una nueva ciencia que reemplace o
sustituya la tradicional que implique una modificación en términos de su
actividad pedagógica, sino más a la metafísica como una nueva experiencia fundamental del Ser: “Esto
incluye en sí: primero, un cambio de la esencia de la verdad; segundo, un
cambio de la esencia del trabajo. Esta experiencia fundamental deberá ser más
originaria que la de los griegos, enunciada en la palabra y el concepto Φυσις´”
(p, 176).
Podemos
entonces afirmar que el pensar poético no se sirve de una imagen, o de un
símbolo que “usa” para representar el Ser de los semidioses, sino que más bien
que “el pensar poéticamente este Ser crea anticipatoriamente, las condiciones
para experimentar río y tierra patria en lo que son, es decir, históricamente.
Es por ello que el poeta no sólo puede sino que debe alternadamente decir río y
destino” (p, 177). En río y destino se postula una unidad, son lo mismo, no es
simplemente la adición de una imagen a un concepto abstracto debido a que
justamente el Rhin es un destino, y en la historia de este río deviene un
destino.
Escuchar el origen
Allí
en
el gélido abismo escuché
gemir
por liberarse
al
joven,
El poeta
es interpelado, y en esa interpelación, éste es traído de nuevo, vuelto, desde
un previo estar perdido, oscilante,
hacia los dioses y hacia lo sido. El poeta es cuestionado con una
“incipiente” pregunta ¿adónde? Este estremecimiento del que es “victima” el
poeta es un estremecimiento metafísicamente histórico del Dasein. Lo que antes, en el buscar del poeta se presentaba como
incumplido e incluso indeterminado llega, ahora al poder y a la apelación; “Ese
para sí mismo empieza un dispuesto y grande
otear –en torno, y eso significa, hacia su determinación. El Dasein se abre a la determinación
buscada que el Ser reserva para él, al que debe acoger originariamente en la
palabra y, por tanto, percibir en un escuchar” (Heidegger, Los himnos de Hölderlin “Germania” y “El Rin”, p, 177). El poeta percibe
entonces el origen, en tanto que lo
escucha, sin embargo, es necesario aclarar en qué sentido se habla del escuchar
y los diferentes modos de escuchar.
Siempre
nos movemos en el “entre”: entre los dioses y los mortales. Si arriba se dijo
que en el pensar poético, que, en tanto que no recurre al río como una imagen
que se vincula a un concepto abstracto como el del destino, sino que más bien
es un pensar fluvial, en el que río y tierra patria se dicen históricamente,
deviene, en el movimiento ondulante (fluvial) del decir mismo “destino” Ahora,
si después se afirmó que en el decir poéticamente el poeta se ubica en el
límite y es interpelado por la pregunta, el poeta sólo puede escuchar. ¿Ese
escuchar será entonces abordado o comprendido en la comprensión del escuchar
del semidiós?, ¿de nuevo se pretende, desde la experiencia del entre con el fin
de, en la comprensión de la escisión, comprender la esencia de cada uno de los
extremos?.
“escuché/gemir/ por liberarse/al joven
(cautivo)”
Cuando
Heidegger alude al fragmento del poema en donde Hölderlin pone en escena el
gemir del joven, este clamor sólo nos deja saber de lo que se escuchó, sin
embargo, no explicita nada con respecto a cómo se escucha. La importancia que
tiene esclarecer el cómo, es justamente porque
éste es el tipo de escucha,
percepción que no es sólo del poeta, si
bien éste en su canto afirma: “lo escucharon sus piadosos padres”. Justamente,
en el caso de los dioses, se dice de su escucha que es piadosa y entonces ellos
ya son determinados por el modo de escuchar: “La misericordia siempre es un
tipo de participación y, ciertamente, una adhesión superior. Por el contrario,
el escuchar poético sería sólo un indolente prestar oídos al gemir, para el
cual no se está a la altura” (Ibíd, p, 178).
Ahora
bien, tenemos por un lado a los dioses
y, por otro, a los poetas que, en estos términos escuchan “lo mismo”.
Por su parte, de los mortales se dice que han huido, y entonces es posible
afirmar que ese escuchar es justamente un no-querer-escuchar, es un tipo
insigne, diferente de escuchar, propiamente se trata de un no-poder-escuchar.
Hemos establecido de esta manera, tres tipos de escucha, a saber, la de los
dioses, la de los mortales y la del poeta y, a su vez, hemos visto de qué
manera está determinado el tipo de escucha de dioses y mortales, por la piedad
y por el no-querer/poder-escuchar, respectivamente. No obstante, el escuchar
del poeta no ha sido sino insinuado,
está indeterminado, oculto.
De nuevo,
nos ubicamos en el “entre” en tanto que nos preguntamos si podemos asumir le
lugar de escucha del poeta como el lugar intermedio que corresponde a los
semidioses. Si partimos de este punto, la particular escucha del poeta, el
escuchar poético, será susceptible de ser comprendido en tanto que el escuchar
de los dioses y el de los mortales sea determinado.
Si bien el
escuchar de las tres partes se refiere al gemir, esto es, a la acusación y el
arrebato del río, al terrible torsionarse, a la tenebrosa rabia del semidiós. El
escuchar poético, específicamente, no puede ser como el escuchar de los dioses
ni el de los hombres porque estos son ambos extremos, y ya hemos dicho que el
escuchar del poeta se ubica en el “entre” de la contraposición más extrema que
constituyen dioses y hombres. Los dioses escuchan “piadosos” los hombres, en
cambio, huyen, dejan en la estacada al semidiós, el escuchar del poeta sigue
indeterminado y nos hemos aproximado a él únicamente por la vía negativa. La
tarea que se proponga Heidegger será la
de presentir el tipo positivo de
escuchar con el fin de esclarecerlo.
Más
arriba, en varias ocasiones hemos referido el escuchar de los dioses como un
escuchar piadoso, pero ¿qué significa esto? Este tipo particular de escuchar de
los dioses implica en tanto que piadoso, un atender al ruego, es entonces la
liberación y simultáneo abandono del semidiós: “Los dioses dejan surgir al
origen en sí encadenado, y con ello el origen como tal es abandonado a sí
mismo” (p, 180).
Ahora, los
mortales no pueden escuchar, su escucha se caracteriza por esa imposibilidad y,
en esa medida, por el desatender, por un querer-desatender. “Los dioses dejan
surgir al origen en sí encadenado, y con
ello el origen como tal es abandonado a sí mismo. Pero el desatender se desvía del origen encadenado y se desvía
también del origen en general. Los mortales quieren huir del origen y eluden su
carácter terrible, y se contentan con lo que ha brotado, sin
considerar el haber-brotado como tal. Por eso explican el origen desde lo que
de ello ha brotado. Desde el éxito y la utilidad. Y del origen el pensar
cotidiano sólo conoce eso” (p, 180).
Los dos
extremos esencialmente contrapuestos son, en sí mismos, dos modos fundamentales
de escuchar el origen, el punto de coincidencia entre estos don órdenes es que
los dos tipos de escucha son modos de abandonar al semidiós, al origen. Por un
lado, los dioses lo liberan y los mortales simplemente lo olvidan. Cada uno a
su modo hace saltar, en tanto que dejan surgir
el origen, los dioses le facilitan que surja y los mortales lo hacen
saltar desviándose de él.
Si
volvemos al poeta y a su particular “situación” éste, claramente no es un
dios, y entonces no puede sin más
liberar el origen, en esa medida su escucha no es un atender a los ruegos del
origen. Pero el poeta tampoco es un hombre a la manera de serlo cotidianamente,
el poeta no puede querer desatender al ruego; “Su escuchar se tiene firme ante
el carácter terrible del origen encadenado. Este resistente escuchar es
padecer. Pero padecer es el ser de los semidioses” (Ibíd, p, 180).
El poeta
parece estar de nuevo en el estadio de los semidioses en tanto que padece,
resiste y, como acabamos de ver, este padecer es el ser mismo de los
semidioses. El escuchar del poeta es el percibir lo que aún no ha surgido, del
origen tal como es. Podemos afirmar entonces que en el resistente escuchar como
padecer, acontece aquel percibir lo que ha de ser percibido, “Semidioses pienso yo ahora”, esto
es, destino como padecimiento, por esto
también es el único adecuado.
El poeta
percibe la presencia de ese Ser originario, la presencia del semidiós que, en
su escuchar que resiste presiente, percibe y más aún sitúa lo que
auténticamente ha acontecido .Esta fundación en tanto que “situación” de
aquello que ha sido percibido sólo es en la palabra que no es otra cosa sino la
conducción de lo escuchado al terreno de la palabra. El decir y el escuchar, que se copertenecen
según su esencia y llevan en sí mismos la posibilidad del diálogo, y que están,
como dijimos más arriba como rasgo fundamental de nuestro Dasein, instauran patria, fundan pueblo.
El poeta
escucha y entonces se queda junto al origen mismo, cerca a lo que
auténticamente ese origen es. El resistente escuchar del poeta que es
previo-escuchar-desde-afuera, constituye propiamente, el escuchar poetizante;
“Qué y cómo escucha el poeta en este escuchar que se des-envuelve como Ser
únicamente en el resistir y que lleva a la palabra, eso está futuramente en el
pueblo” (p, 181). Y será esa palabra la que albergue la verdad sobre el origen
originario. Hay que diferenciar en este punto “origen” de “inicio”, debido a
que, el origen del río no es el punto en donde comienza, en donde nace, esto
es, el surgir mismo es lo originario de este origen, es el curso del río, es lo
surgido en el surgir desencadenado, liberado. Es propiamente el todo lo que
escucha el poeta, es por eso que su escuchar y, posteriormente, su decir,
albergan la verdad originaria del origen, del semidiós.
Una vez
los dioses han liberado/abandonado al origen es frente al escuchar resistente
del poeta que el origen salta- con y deja de oscilar en el salto. El poeta como
estancia intermedia, al igual que el semidiós es, al igual que éste, una
escisión, una dualidad, en tanto que comparte con los hombres la mortalidad,
pero está más cerca de los dioses en tanto que no escapa del escuchar
originario y, en esa medida, en su volver palabra aquello que escucha pueda
entonces instaurar, fundar nación. Puesto que medidos con él,
con el destino, podemos enfrentar, serenos, la propia condición (humana) y nos
atrevemos a afirmar una primera intuición de existencia, mediante la más
original extrañeza: así nos diferenciamos de los demás entes.
Decía el poeta: “Pero lo que permanece, lo
fundan los poetas”… Fundan lo permanente en un tiempo de desgarro. La poesía
funda ser, nombra y denomina al ente en su ser, libremente crea al ente y lo
regala. Ahora bien, “una tal donación es fundación”. El poeta funda en un doble
sentido: su decir es “libre donación” e instaura el vínculo libre de la existencia humana con su fundamento. Esa
posibilidad se relaciona con nuestra condición dialogal que nos habilita para
la escucha recíproca, estando al mismo tiempo abiertos para nombrar a los
dioses y para el devenir palabra del mundo.
En El
origen de la obra de arte, la poesía –y el arte en general- es “fundación
de la verdad”. Este es un acontecimiento-apropiación triple: una donación desde
el exceso, una instauración o institución a partir de la tierra oculta que
sustenta, y comienzo histórico-épocal de un pueblo o un verdadero empellón o
golpe del destino. El arte es origen, porque hace surgir, “saltar” la verdad
del ente en la obra y, con ello, la existencia histórica de un pueblo. Se trata
de un fundamento no fundado, sino fundador. La poesía es una especie de
ensamble de oscilación, de una partitura de sintonización de las disposiciones
afectivas, manifestadas en el tono, el
ritmo y que conceden una determinada experiencia de tiempo. En cambio, la
filosofía alcanza siempre las determinaciones más generales de la temporalidad.
La poesía puede transponer a un tiempo
determinado porque la voz del decir poético es templada (en el sentido musical)
y el poeta habla desde una disposición afectiva, disposición que
de-termina el fundamento y suelo y
permea el espacio, sobre el que y en el que el decir poético funda un ser. Este
espacio–tiempo es el interjuego de presencia y ausencia, concretamente en la
relación del hombre con los dioses y el Dios.
Los poetas son los mortales que, cantando con seriedad a
Dionisio, rastrean la huella de los
dioses huidos, permanecen en su huella y así van hollando el camino hacia el viraje
a los mortales emparentados. Pero el éter, en el cual los dioses son únicamente
los dioses, es su divinidad. El elemento de ese éter, aquel en el que aún
esencializa la divinidad misma, es lo sagrado. El elemento del éter para el
advenimiento de los dioses huidos, lo sagrado, es la huella de los dioses
huidos. Pero ¿quién puede rastrear semejante huella? Las huellas son a menudo
inaparentes y siempre el legado de una indicación apenas presentida. Ser poeta
en tiempo indigente, en tiempos de penuria, significa “atender” cantando a la
huella de los dioses huidos. Por eso dice el poeta lo sagrado en el tiempo de
la noche cósmica. Por ello es la noche cósmica –en el lenguaje de Hölderlin- la
noche sagrada.
“Sólo
el canto sobre la tierra
Santifica
y festeja” (Rilke Sonetos a Orfeo)
Rilke
celebra el canto anticipatorio de Orfeo, “dios de la lira”, quién instituyó la
poesía. Podríamos decir que lo sagrado sobreviene como donación de lo
sano-salvo en las tormentas de Dios. Es el rayo que el poeta soporta “con la
cabeza desnuda” para entregar ya sin peligro el don al pueblo:
“Pero a nosotros, poetas,
corresponde
Estar con la cabeza desnuda
bajo las tormentas
De Dios, y aferrar con
nuestras manos
El rayo paterno, y brindar al pueblo
Con nuestro Canto el don celestial”
(como en un día de fiesta. Hölderlin)
Asumirse
como mortal es “ser capaz de la muerte como muerte”, es relacionarse con la
muerte como posibilidad. La muerte es el “relicario de la nada”, y ésta –la nada-esencia como el misterio del
ser mismo. La muerte, como relicario de la nada, es el albergue. En
consecuencia, los mortales son la relación esenciante con el Ser como ser. El
acceso a la palabra originaria, supone el asedio de esa posibilidad extrema,
del destino. Los mortales constituyen uno de los polos de la cuaternidad del
mundo que se abre en la cosa, junto a los divinos, el cielo y la tierra. Lo
relacional de la cuaternidad queda dicho con las preposiciones: en la
tierra, bajo el cielo, ante los divinos, unos-con- otros de
los hombres. Hasta aquí podemos decir que lo sagrado es la huella de los dioses
huidos, es decir, la presencia de una ausencia, de una alteridad indemne.
Lo
sagrado anunciado por los poetas consiste en un abrir el tiempo de la posible
aparición de los dioses y en localizar el espacio para el igualmente posible
habitar destinal del Dasein. El devenir real de lo posible
y el devenir ideal de lo real acontecen
en el poetizar como en un sueño, “porque el sueño como ese irreal
terrible-divino es el poema no poetizable por adelantado de lo sagrado”. “Su
sueño (el de los poetas) es divino mas no sueña como un dios.” En todo caso,
cantan a Dionisos, bajo la advocación de dios que ha huido tanto como la del
dios venidero.
Ahora
bien, regresemos al río y a su movimiento, a su fluir que, en tanto que devenir
mismo constituye el destino. La oscilación propia del poeta, en tanto que dual,
cesa mientras escucha y sólo mientras lleva a cabo esta actividad, en tanto que
logra experimentar todo el Ser del río. Por eso es que el poema mismo es a la
manera del río, también fluir continuo. El poema del Rhin no es simplemente un
pensamiento que habla del río y más aún, del destino teniendo como “imagen” al
río mismo y como contenido al destino, sino que más bien, el poema es río y, en
esa medida manifiesta el destino tanto como el Rhin. Con respecto a los hombres
este escuchar es aún lejano para ellos e incomprensible, los mortales están
caracterizados por ese no querer-poder-escuchar el río: “pero, en cuanto
resistente, es aquel escuchar y decir que los hombres, por ahora, no quieren
escuchar y un día in-evitablemente- serán forzados a ello” (p, 181). Los
hombres están abocados a la muerte, a la finitud, a la temporalidad misma, en
esa medida, cuando el día de la muerte llegue, ya no podrán huir más del
destino.
El pensar
y el decir del poeta son percibir un destino, destino como el Ser de los
semidioses. “Para el comprender percipiente de este Ser es decisivo el escuchante saber acerca del origen
originario en su surgimiento” (181). La pregunta por la esencia del destino
es esencialmente, si bien no exclusiva, una pregunta por la esencia del origen
como tal:
Un
enigma es lo puramente surgido. Incluso
Al
canto apenas le es permitido develarlo
El decir poético es más bien velante que develante
y por ello, todo lo demás es una narración y descripción progresiva. Los padres
dejaron brotar al semidiós en tanto que lo liberaron. Ahora él “está surgido”.
Lo que el poeta escuchó “era” el gemir del río aún encadenado, el origen ante
su salto, pero en su apremiante acometida.
A
aquellos, (semidioses) empero
Se
les dio la falta, en su alma
Inexperta,
de no saber a dónde ir.
La potencia que antes se encontraba, podemos
decir, contenida, y que tras la escucha piadosa de los padres del clamor del
joven, es liberada, es más bien desencadenada. La dirección del río varía,
cambia y en ese quiebre se modifica, al parecer de lo que está desde el origen
en la apremiante voluntad. El cambio del curso corresponde más bien a la
adecuación, a la coincidencia de lo real con su realeza, la garantía del
cumplimiento de aquello que le es esencial. La ruptura no es empero un
despedazamiento de lo surgido. Sería una ruptura sin más si lo brotado se
hubiese aferrado a su dirección inicial y, de ahí en adelante, se hiciera
desviar contra su voluntad, de esta manera, tal contravoluntad sería un
aferrarse al mero deseo, lo que no sólo es inútil, sino que sobre todo, frustra
la apropiación del auténtico Ser. La modificación en el rumbo del río
manifiesta, más bien, la verdadera autonomía mediante la cual el destino se
mantiene alejado precisamente, cuando el poeta canta:
Pero
los más ciegos son
Los
hijos de los dioses.
Debemos partir de la afirmación de que
efectivamente el Rin es un destino, de los semidioses no se dice otra cosa a
parte de que pugnan por determinar firmemente su origen. No corresponden como
podría pensarse, a que son irracionales y, en esa medida explicar, simplificar,
mejor la ceguera a la que alude el poeta. El “pero” que antecede el comienzo de
este fragmento alude más bien a que los semidioses no son únicamente deseantes.
Ya habíamos afirmado anteriormente que el hombre se caracteriza no sólo por su
no-querer, no-poder- escuchar, sino también habíamos caracterizado a los
mortales como aquellos que en su estar cotidiano se distancian, se olvidan de
lo originario en un ocuparse de los entes que se mueve en el terreno de la
ciencia y del emplazamiento de la “naturaleza desnaturalizada”. Este tipo de
dinámica tiene a la base una consecución hacia el conocimiento:
…Pues el hombre conoce
Su casa y al animal…
En este perderse del hombre radica justamente
su imposibilidad de escuchar, su imposibilidad de asumir el destino, y, además
radica, en contraposición, la característica fundamental del semidiós de
asumirlo como tal, diremos más, de serlo: “este exceso de la ceguera no es un
defecto, sino la superioridad de la riqueza en determinación. Mientras más
elevado es el origen, es menos la adeherencia –en el origen- al mero lamentarse
de una casual terquedad y al mero desear, que no llegan más allá de la
irreflexión. Mientras más elevado el origen, más originario, y esto quiere
decir, de mayor amplitud y abarcadora es la voluntad propia” (p, 185). Ese conocimiento del hombre y la seguridad
del animal en sus conductas, dan cuenta de la imposibilidad misma de tener un
destino, podríamos decir que el destino implica desconocimiento, fluir constante,
desvanecimiento en el tiempo mismo en su continuo devenir. El hombre se ocupa
en un conocer que ya dijimos más arriba es en principio administrativo y útil,
en este ocuparse el destino es un imposible para él, su característica es, como
la del extremo, de no-querer-poder-escuchar el origen, y por tanto, el destino.
Justamente dirá Heidegger que sólo lo originariamente grande tiene destino.
Precisamente esta voluntad y sólo ella es la
que podría ofrecer oposición y, de esta manera, en tanto que antivoluntad crear
el escenario apropiado para la colisión, del peligro y admitir entonces, lo
desventurado en la contravoluntad. “pero esto significa: para padecer un Ser, y
así cada vez enviarse en un envío, para ser un destino” (p, 185). Sólo lo originariamente grande tiene destino.
El cambio de dirección no ha destruido el camino, tan sólo lo ha cortado y en
esa ruptura es que es asumida la determinación y sólo así puede, gracias al
origen, asumirla y padecer hasta el final. “Pues el origen no surgiría
constantemente como el que es, ni habría un río, si lo fracturado no pudiera
derramarse en su curso inicial” (p, 185).
Los semidioses no saben a dónde van. El
no-saber de los semidioses no corresponde al desconcierto de un vacío sino de
la exuberancia de la determinación, de la desmesura de la capacidad todavía
incontrolada. Su voluntad es Sobrevoluntad. El alma de los semidioses es
inexperta (en el dominio del cálculo y la diaria consolidación de un
arreglárselas y adelantar sin impedimentos). “Pues los semidioses toman sus
metas, su querer y su carga desde su origen originario, mas no del curso
habitual de las cosas, en el cual todo flota en la superficie y es manejable.
Su hacer y padecer nunca se deja confirmar por lo que está a la mano eso que
habla siempre contra ellos” (p, 185).
Destino podemos decir ahora, no ha de comprenderse ni como la
determinación unilateral del futuro, ni como la mera condición de determinado
de lo por venir. Lo que anuncia el destino en tanto destino, tiene más bien que
ver con una temporalidad pensada de otro modo. El destino no impulsa
simplemente hacia adelante en tanto que pasado, reúne, convoca, llama a sí, en
tanto que lo siempre vivamente sido.
El poeta, por
su parte, en cambio, no olvida, sino que presiente siempre. Su rostro está
lleno de tristeza porque sabe de la necesidad de esa herida, conveniente no
sólo para los hombres, sino para la Naturaleza misma. Pues sin la escisión no
se daría la verdad.
Yo no sé
lo que dicen los cuadros ni los libros
(no todos los cuadros ni todos los libros,
sólo algunos),
pero sé lo que dicen
todos los ríos.
Tienen el mismo idioma que yo tengo…
lo que dicen los cuadros ni los libros
(no todos los cuadros ni todos los libros,
sólo algunos),
pero sé lo que dicen
todos los ríos.
Tienen el mismo idioma que yo tengo…
Pablo Neruda.
