“El
monstruo reside en la naturaleza,
Como
el capricho en la belleza”
Sr.
Humbolt
“Por
ello espero que no se me tome a mal el haberme atrevido a desplegar también mi
cementerio de papel en este teatro general de la muerte”
Hallman.
El
trabajo de Benjamin con la historia, en donde el examen del pasado es
imprescindible, nos permite acercarnos a su manera particular de comprenderla.
Benjamin rompe con la noción tradicional de historia a la manera de un continuum, que, en su transcurrir lineal
contiene la idea de progreso, y propone, en contraposición, un espacio de
contradicción y dinámica constantes, en donde tiene lugar la crítica dialéctica
que en tanto tal, permite que el pasado adquiera diversas formas: arte,
cultura, filosofía.
Precisamente,
en la introducción al Origen del Drama
Barroco Alemán texto que comprende como una digresión, plantea
explícitamente la necesidad de una renuncia a la noción de progreso ininterrumpido
basándose en la que para él constituye la estructura misma del conocimiento y
de la historia, que a diferencia de la pretensión de la razón, que ha querido
homogeneizarlos, se consolidan sobre interrupciones y fracturas. A diferencia
del constructo sistemático que caracteriza casi la totalidad de la filosofía,
Benjamin presenta su pensamiento bajo la forma de mosaicos, de rodeos, de
tensiones constantes hacia el principio, hacia la cosa misma, de manera que
ésta determine el ritmo y la cadencia del pensamiento que discurre sobre ella:
Tenaz comienza el pensamiento
siempre de nuevo, minuciosamente regresa a la cosa misma. Este incesante tomar
aliento constituye el más auténtico modo de existencia de la contemplación.
Pues, al seguir las distintas gradaciones de sentido en la observación de un
solo y mismo objeto, la contemplación recibe al mismo tiempo el estímulo para
aplicarse siempre de nuevo y la justificación de su ritmo intermitente.
(Benjamin, 1990: 10).
La
contemplación filosófica que se exige para comprender lo escrito se debe asumir
a manera de mosaico donde se yuxtaponen elementos aislados, opuestos, extremos
y heterogéneos (Cf. Benjmin, 1990: 11). Esta forma de exposición contemplativa
obliga a ajustarse a los detalles de la observación del que investiga. De
hecho, las ideas filosóficas descansan en los referentes históricos concretos,
ya sea en los Pasajes, en sus calles intrincadas, en las curiosidades que éstas
resguardan, en infinidad de objetos olvidados, convertidos en recuerdos
empolvados y en un tiempo contenido en múltiples posesiones ahora amontonadas
en los mostradores. O ya sea en las calaveras, emblemas, fragmentos y ruinas de
la humanidad, en el movimiento dinámico y vital de la historia que se narra una y otra vez bajo la promesa del
apogeo o en las ruinas de los sueños:
Corsés, plumeros, peines de color
rojo y verde, viejas fotografías, réplicas de la Venus de Milo, botones y
cuellos de camisa hace mucho descartados, estos sobrevivientes históricos de la
alborada de la cultura industrial, que aparecían reunidos en los moribundos
Pasajes como “un mundo de afinidades secretas”, eran las ideas filosóficas, como una constelación de referentes
históricos concretos (Buck-Morss, 1989:20).
Esta
imagen del método propuesto nos
prepara para la discusión sobre el drama barroco alemán y, en general sobre la
mayor parte de la obra benjaminiana que en su base adquirirá la forma de una
enorme constelación, concepto que retomaremos más adelante, y que de esa forma
permitirá llevar a cabo la pretensión del presente artículo, a saber, poner a
dialogar el texto Para una crítica de la
violencia con El origen el Drama
Barroco Alemán, de manera que podamos comprender el carácter mesiánico que
guarda su concepción de violencia y que está a la base del barroco alemán como
resolución ante lo que fue erróneamente comprendido como simplemente época de
decadencia y exhortación de la muerte. La discusión filosófica de Benjamin se
ve continuamente enriquecida por citaciones constantes que la consolidan
justamente como un montaje compuesto
por diversidad de fragmentos y piezas individuales de cristal. Cabe establecer
la diferencia que Benjamin propone entre conocimiento y verdad, según la cual,
el conocimiento usa el método como medio para la posesión de un objeto, esto
es, la creación de dicho objeto, en nuestra conciencia, no obstante, Benjamin
se opone a esta posesión, pues para él, el objeto tiene una existencia previa a
la conciencia (Cf, Benjamin, 1990:12). Lo anterior implica que la verdad de un
objeto reside en su presencia misma, en su forma, más que en el contenido
impuesto por el sujeto:
Benjamin distingue entre las
nociones de “conocimiento” y “verdad”; la primera es un producto de la
intención que alcanza el concepto, mientras que la segunda sería una
aprehensión no-intencional, una visión de la idea mediante amnámesis, en
la que ésta se nos autoexpone (…)Con
esta maniobra queda restaurado una vez más el dualismo platónico –a quien cita
sin ningún rubor-; una ontología sobre la que se ha de asentar una posibilidad
epistémica con la que cumplir la promesa de una práctica que agoniza y que, con
su reflexión, trata de ser curada/salvada. El origen de este idealismo se
remonta a sus tempranos textos sobre el lenguaje, ligados a su interés –en todo
caso, por no llamarlo de otra manera, extravagante- por la tradición hebraica y
la cábala, en los que narra la deriva de un primer lenguaje adámico, simbólico,
reflejo del lenguaje divino, hacia un lenguaje comunicativo, lógico-conceptual.”
(Cabot, 1981: 281).
Con
Benjamin se nos abren entonces las ideas como constelaciones eternas plenas de
elementos que, cuando son captados y reconocidos como parte de dichas
constelaciones, lo fenómenos quedan divididos y salvados al mismo tiempo. “Y
esos elementos que el concepto se encarga de redimir de los fenómenos se
manifiestan más claramente en los extremos” (Benjamin, 1990: 17). Los objetos
existentes, los fenómenos que se revelan, determinan los conceptos y sus
significaciones, pero no se agotan en ellos, pues la realidad empírica en tanto
extremo da contenido a los conceptos; el concepto toma como punto de partida el
extremo. De esta manera las ideas cobran vida en una reunión en la proximidad
de los extremos, es por eso que, propiamente forman constelaciones. Es
importante decir que las ideas no se dan al modo de los fenómenos, ya que las
ideas permanecen ocultas, tienen un carácter esotérico. Sin embargo debemos
evitar caer en un reduccionismo producto de la comprensión de las ideas
como dependientes de una intuición
intelectual y, por lo tanto, al alcance de la intención, podríamos decir, de la
verdad; “el objeto de conocimiento, en cuanto determinado a través de la
intencionalidad conceptual, no es la verdad. La verdad consiste en un ser
desprovisto de intención y constituido por ideas (…) La verdad es la muerte de
la intención” (Benjamin, 1990:18), la verdad es entonces interrupción. Esta interrupción
atravesará todo el texto del Origen del
Drama Barroco Alemán y se expresará
en la facultad metafórica del lenguaje impresa en cada una de sus obras. Así
las cosas, cada idea tiene una existencia individual y finita dentro de una
forma específica, de tal suerte que las ideas existen en un estado de autonomía
completa tanto de los fenómenos como con respecto a la otras ideas, aunque
siempre se relacionen unas con otras. Una idea es una multiplicidad
irreductible y finita dada a la contemplación, la idea, las ideas terminan por
configurar montajes o mosaicos que en su construcción a partir de pequeñas
partes y detalles constituyen un perfil neto y constante. En el análisis de un
momento singular descubrimos, según Benjamin, el cristal del acontecer total.
El
conocimiento que podemos adquirir es entonces una especie de relámpago, una
imagen dialéctica que, en cuento tiene esa forma modifica por completo la
noción de historia que ahora se desvincula de la historiografía tradicional y
se propone como un historia penetrada por oposiciones dialécticas discontinuas,
donde la parte positiva se perfila en su profundidad verdadera de cara a su
parte negativa, surgiendo de esta manera una nueva parte positiva pero
enriquecida y distinta a la anterior. Esta parte negativa se refiere a lo que
el modelo y método histórico reinante ha despreciado y excluido de antemano
(Cf, Benjamin, 1990:461). La propuesta de Benjamin no seguirá entonces una
exposición plana y lineal de la historia debido a que las épocas pasadas quedan
afectadas por el presente del historiador. El problema radica en que el
presente polariza la historia previa y posterior y por ello se cae en una
percepción del tiempo en general como un continuum
interminable; por el contrario, lo que ha sido afecta de manera fundamental el
ahora, de tal suerte, que la dinámica de oposición entre pasado y presente es
necesaria a la hora de abordar de manera crítica la historia.
A
partir de esta concepción, el método se propone construir una constelación que ofrezca,
sin describirla, la imagen de la verdad. Esto significará abarcar una
totalidad, pero no la totalidad armoniosa de la imagen simbólica del mundo,
sino la de una totalidad forjada con la ayuda de los materiales más dispares,
que no disimula las rupturas y en la cual puede estar contenido el mundo con
sus contradicciones (Cabot, 1981: 282).
Habiendo
establecido un escenario apropiado para el despliegue de algunos de los
conceptos benjaminianos, nos aprestaremos a abordar los problemas que propone
el trabajo Para una crítica de la
violencia y, específicamente la forma particular en que comprende la
violencia mítica y la divina, en una contraposición que ya podemos comprender dialéctica, de
manera que en su abordaje podamos entrever dicho proceder a la base del
desarrollo de su trabajo Origen del Drama
Barroco Alemán, como un trabajo que, de igual forma que el primero, están
determinados por una comprensión del tiempo enteramente mesiánica.
1. La revelación como violencia
educadora
El
centro de atención del planteamiento benjaminiano reside en esclarecer el nexo
entre mito, violencia, derecho y destino, debido a que cómo él mismo lo
comprende; “Fundación de derecho equivale a fundación de poder y es, por ende,
un acto de manifestación inmediata de la violencia. Justicia es el principio de
toda fundación divina de fines; poder, el principio de toda fundación mítica de
derecho” (Benjamin, 2001: 40). La
intención está en abordar este otro aspecto fundamental del texto de Benjamin y
no simplemente, el que ya tantas veces se ha trabajado, en el que se ha
prestado una particular atención a la diferenciación entre la violencia que
funda derecho y la que lo conserva, claramente esta diferenciación está a la
base de la comprensión de la violencia mítica y de la divina, sin embargo, el
análisis hará énfasis en esta última diferenciación enmarcando la primera.
Pretendemos esclarecer el aspecto místico o mesiánico de su propuesta de manera
que, a través de éste se haga clara la concepción de historia, la necesidad del
método que ya expusimos y la comprensión del proyecto del Barroco, todos ellos
sustentados en la promesa y la redención.
Teniendo
como punto de partida lo anterior, comenzaremos esclareciendo el camino que
Benjamin propone en “Para la Crítica de
la Violencia”, de manera que este recorrido nos traiga luces no sólo sobre
el proceder benjaminiano, sino a su vez sobre su proyecto filosófico
atravesado, como veremos, por el mesianismo, entendido éste como la promesa
que, a través de una memoria redentora del pasado, hace advenir un porvenir
inédito.
La
tarea que Benjamin se propone a lo largo de su crítica se reviste sobre todo de
un carácter político que le permitirá reconstruir, en el rastreo genealógico,
una memoria, podríamos decir, revolucionaria que describa el momento de la
fundación de aquello que, en su obstrucción, justifica la violencia. Tradicionalmente,
la filosofía del derecho piensa a la violencia según la relación consecuencial
fin y medios. Así, se postula la violencia como medio en un sistema de fines
justos o injustos. Con respecto a esto Benjamin ve la necesidad de subrayar la
diferencia entre el derecho natural y el derecho positivo, de manera que, por
un lado, el derecho natural considera a la violencia un material bruto, que
puede ser utilizado para fines justos o injustos. Así, la violencia estaría justificada
según los fines. Precisamente, a la luz de la teoría contemporánea a
Benjamin, a saber, la concepción de la
biología darwiniana, con base en el derecho natural, se justifica la violencia como medio original
de todos los fines vitales.
Por
otro lado y en contraposición al derecho natural, el derecho positivo no
considera a la violencia un elemento natural sino un producto del devenir
histórico. Este exige un documento justificativo, que garantice la justicia por
la legalidad de los medios, una especie de contrato. Podemos decir entonces que
para el derecho positivo, la violencia es legítima o ilegitima según decisiones
históricas. Así las cosas, si el derecho natural justifica los medios
por la justicia de los fines, el derecho positivo garantiza la justicia
de los medios. Pese a la aparente oposición entre las dos escuelas, éstas
coinciden en que: “Si la justicia es el criterio de los fines, la legalidad es
el criterio de los medios.” (Benjamin, 2001: 24). El problema de dicha
concepción es que no hay un criterio de violencia, sino únicamente de su
aplicación. La oposición apenas se desplaza, manteniendo la antinomia entre
fines justos y medios justificados: “Porque si el derecho natural es ciego para
la incondicionalidad de los fines (Zwecke), el derecho positivo es ciego
para el condicionamiento de los medios.” (Benjamin, 2001: 25). Por lo tanto,
será necesario encontrar un criterio exterior al derecho.
Tras
un análisis cuidadoso en el que Benjamin ha explicitado, teniendo como
referente la situación Europea, la diferencia entre un tipo de violencia que
funda derecho y otra que en contraposición lo conserva, y que a su vez le ha
permitido mostrar y desarrollar los tres ejemplos en los cuales la violencia
aparece como un excedente del derecho, a
saber, el gran delincuente, la pena de muerte y la huelga general. Benjamin se
pregunta si existe alguna esfera de la vida humana exenta de violencia:
“Existe, precisamente en la esfera de acuerdo humano pacífico, una legislación
inaccesible a la violencia: la esfera del “mutuo entendimiento” o sea, el
lenguaje” (Benjamin, 2001: 34). Benjamin habla de una “violencia pura” dentro
de la acción humana, una que ni funda ni conserva el derecho, y que, a su vez
sería “medio puro” en contradicción con los fines: “Y si toda especie de
violencia destinada, en cuanto emplea medios legítimos, resultase por sí misma
en contradicción inconciliable con fines justos, pero al mismo tiempo se
pudiese distinguir una violencia de otra índole, que sin duda no podría ser el
medio legítimo o ilegítimo para tales fines y que sin embargo no se hallase en
general con éstos en relación de medio, ¿en qué otra relación se hallaría?”
(Benjamin, 2001: 35)
En
“Sobre el lenguaje en general y sobre el
lenguaje de los hombres”, Benjamin postula un lenguaje que no es medio de
comunicación, sino pura manifestación de la esencia espiritual. Con la caída
del paraíso, el hombre habría abandonado el lenguaje puro, que se asemeja al
acto divino de nombrar, por el juicio. Recobrarlo no implicaría construir otra
lengua, sino que éste se manifestaría en la gramática de las lenguas
comunicantes. No es casualidad si, al momento de plantear la problemática de la
justicia en términos metafísicos, Benjamin alude a una imposibilidad de
decisión en la lengua, lo que nos hace pensar que hay una relación entre
justicia y lenguaje. Si bien toda lengua tiene sus “reglas”, hay siempre una
zona de anomia, la posibilidad de estar fuera de la ley y, en un acto no menos
violento, firmar la lengua a partir de la singularidad, es decir, prometer la
lengua a una escucha que estaría siempre por-venir.
Ahí
donde el saber, la lógica y toda teoría del significado se anulan, se abre paso a la creencia, a una especie de
intuición que concentra la memoria de una violencia originaria y su redención,
en una ruptura de la continuidad histórica, instante que promete el por-venir,
a partir de la crítica de la experiencia política del presente. ¿Cuál es la
concepción de la historia que, según Benjamin, logrará hacer un estado de
excepción efectivo, es decir, uno en donde la puesta entre paréntesis de la ley
no instaure un orden de poder sino uno de justicia? Intentaremos mostrar por
qué dicha concepción del tiempo en Benjamin es mesiánica.
La
violencia mítica resulta de la cólera de los dioses. El autor alude aquí a la
fatalidad que cae sobre Niobe, por la cólera de Artemisa y Apolo, que no es un
castigo por haber violado la ley, sino un desafío al destino y, por la victoria
de este último, la instauración de un nuevo orden de derecho. Benjamin califica
a esta violencia de ambigua, pues la sangrienta muerte de los hijos de
Niobe no es propiamente destructiva, respeta la vida de la madre. El héroe
lucha contra el destino, con la esperanza de aportar a los hombres un nuevo
orden de derecho. El derecho entonces así establecido no renuncia a la
violencia, ella es fundadora de derecho y se instaura como tal, éste será así,
en nombre del poder, un fin íntima y necesariamente ligado a ella. Si bien la
violencia mítica parece análoga a la violencia fundadora de derecho, la primera
no tiene carácter de medio sino de destino. El destino es ineluctable, impide
pensar la historia en términos de causa-efecto:
La arrogancia de Níobe conjura la
fatalidad sobre sí, no tanto por ultrajar al derecho, sino por desafiar al
destino a una lucha que éste va a ganar, y cuya victoria necesariamente
requiere el seguimiento de un derecho. Las leyendas heroicas, en que el héroe,
como por ejemplo Prometeo, desafía con digna bravura al destino, se enfrentan a
él con suerte diversa y no es abandonado por la leyenda sin alguna esperanza, demuestran
que, en un sentido arcaico, los castigos divinos poco tenían de derecho conservador;
por lo contrario, instauraban un nuevo derecho entre los humanos
(Benjamin, 2001: 39)
La violencia mítica, al igual que el destino,
ejecuta. En cambio, la violencia divina manifiesta. A diferencia de la
violencia mítica, la violencia divina no es fundadora de derecho:
Lejos de fundar una esfera más
limpia, la manifestación mítica de la violencia inmediata se muestra
profundamente idéntica a toda violencia de derecho, y la intuición de su común
problemática se convierte en certeza de la descomposición de su función
histórica, por lo que se hace preciso eliminarla. Tal tarea replantea, en
última instancia, la cuestión de una violencia inmediata pura, capaz de
paralizar a la violencia mítica. De la misma forma en que Dios y mito se
enfrentan en todos los ámbitos, se opone también la violencia divina a la
mítica; son siempre contrarias.Si la violencia mítica funda el derecho,
la divina lo destruye; si aquélla establece límites y confines, ésta destruye
sin límites, si la violencia mítica culpa y castiga, la divina exculpa; si
aquella es tonante, ésta es fulmínea; si aquélla es sangrienta, ésta es letal
sin derramar sangre” (Benjamin, 2001: 41)
Al
mito de Niobé el autor contrapone el juicio de Dios contra la banda de levitas
de Koraj, a quienes sin previa amenaza aniquila sin derramar sangre. En la sangre
se juega la oposición entre las dos violencias, en tanto que aquélla es el
símbolo de la vida; ellas representarían, para Benjamin, la diferencia entre la
concepción griega y la hebrea, entre la onto-teología y lo mesiánico: “La
violencia mítica es violencia sangrienta sobre la desnuda vida en nombre de la
violencia, la pura violencia divina es violencia sobre toda vida en nombre del
viviente. La primera exige sacrificios, la segunda los acepta” (Benjamin, 2001:
42) La violencia divina acepta el
sacrificio, sin por eso dejar de ser violenta; su fin no es la fundación de
poder, prefiere, no a la vida, sino al viviente: la vida sagrada no es la pura
existencia sino la existencia justa. Es por eso que el principio “No matarás”,
no resulta de una “decisión libre” o del “imperativo categórico”, sino de una
exterioridad de la ley al presente de la voluntad. La violencia divina no funda
derecho, nunca lo instaura es siempre incruenta y ante todo, redentora.
Lo
mesiánico, más que una creencia en el Mesías, es una creencia en el
advenimiento de un tiempo otro, si la violencia mítica es una ruptura dentro de
la historia, el tiempo mesiánico es una ruptura con el tiempo histórico y por
lo tanto, no es cognoscible. Por eso Benjamin escribe que sólo se puede conocer
con certeza la violencia mítica. El tiempo mesiánico sería una suspensión del
derecho y del Estado, es decir, de la fuerza que hace la ley, quizás de una ley
que sigue vigente sin significar y que se abre a la posibilidad de una fuerza
sin violencia: “Sobre la interrupción de este ciclo que se desarrolla en el
ámbito de las formas míticas del derecho sobre la destitución del derecho junto
con las fuerzas en las cuales se apoya, al igual que ellas en él, es decir, en
definitiva del estado, se basa una nueva época histórica” (Benjamin, 2001: 44)
El tiempo, en este sentido no sería continuación, sino redención del pasado por
la memoria de la opresión. Violencia revolucionaria, cuya efectividad, al no
estar determinada por la historia, no radica en la administración ni en la
fundación de poder sino en “lavar la falta”.
2.
El
teatro de la muerte: una sala de espera
La
restauración del pasado en el presente es tarea del lector dialéctico de la
historia, pues sólo estos opuestos nos permiten ver la riqueza de una época.
Esta vuelta al origen nos conduce a ver pues el mismo Origen del Drama Barroco Alemán, del despertar de un siglo:
Origen
(Ursprung), categoría cabalmente histórica, que sin embargo, no tiene nada que
ver con los comienzos (…). El término origen no significa el proceso de llegar
a ser a partir de aquello de dónde se ha emergido, sino mucho más, aquello que
emerge del proceso de llegar a ser y desaparecer. El origen se yergue en el
lujo del devenir como un remolino (…); su ritmo es evidente sólo para la doble
mirada (Benjamin, 1990: 28).
En dicho despertar se encuentran los elementos
oníricos que encierra el centro mismo de la dialéctica. Es necesario volver al
punto mismo de fractura de la vida, de su despertar, pues lo que ha sido en una
determinada época es lo que ha sido siempre, pero en cada época aparece de
manera determinada; según vaya reconociendo esa imagen onírica, allí empieza la
interpretación de los sueños de la historia (Cf, Benjamin, 2005: 466). El origen se encuentra en el lugar de un
fluir constante, de un dinamismo, de un devenir que concierne a la prehistoria y postistoria de los hechos.
En este momento l tarea del investigador dialéctico debe determinar qué hecho
primitivo está en la categoría de origen, pues debe revelar lo auténtico, esto
es, la marca del origen en cada fenómeno. La dialéctica hace posible que
coexistan de manera razonable la multiplicidad de extremos y opuestos y se
configuren en la idea como una totalidad configurando así una especie de mónada
en donde está de manera preestablecida la representación de los fenómenos, pues
una idea encierra en sí la imagen del mundo. Se hace entonces apremiante la
investigación acerca del origen con miras a entender el Barroco, objetivo que
logramos si asumimos la investigación misma de las imágenes, no de las esencias
de los fenómenos, pues en ellas está encerrado un índice histórico
incomparable. En las imágenes se revela el verdadero y auténtico tiempo
histórico, el tiempo de la verdad.
En
la imagen del drama barroco se encierra una imagen del mundo que reclama una
resonancia histórica que se le había negado en tanto que muchos de los
historiadores, filólogos y estudiosos de germanística del siglo XIX lo
relegaron como un simple y torpe renacimiento de la tragedia antigua, con una,
para ellos, clara forma de drama secular que se alejaba del material de la
tradición popular alemana.
Ahora
bien, partimos de que el argumento fundamental de la tragedia es la caída de un
personaje importante. El motivo de la tragedia es el mismo que el de la épica,
es decir, el mito. Sin embargo, desde el punto de vista de la comunicación, la
tragedia desarrolla significados totalmente nuevos. En ella, el mito se funde
con la acción, es decir, con la representación directa de un drama. El público
de la tragedia ve con sus propios ojos personajes que aparecen como entidades
distintas, que actúan de forma independiente, en el marco de una escena,
provistos cada uno de una propia dimensión psicológica. En la tragedia griega
encontramos básicamente la contraposición entre un tiempo mundano y un tiempo
mítico, un tiempo de los hombres enfrentado a un tiempo perteneciente a las
divinidades olímpicas. De ahí que la tragedia helena pueda ser considerada como
un drama de trascendencia, en el sentido de que el argumento central está
marcado por el enfrentamiento de los hombres con los dioses.
Por
su parte el Trauerspiel es presentado
por Benjamin como drama de inmanencia, ya que no se contrapone un tiempo divino a uno
terrenal, sino que sus relatos transcurren en un espacio y en un tiempo
absolutamente mundano. En el drama del barroco se encuentra completamente
cerrado el vínculo con el espacio trascendente de la divinidad, hecho que se
refleja en una asimilación radical de sus escenas teatrales con la historia.
Como
drama de la inmanencia, el contenido del Trauerspiel,
su verdadero objeto, es la vida histórica tal como se la representaban los
autores del mismo. Su personaje principal, el soberano, debe su estatus al
estamento al que pertenece, es decir, la monarquía absoluta. En contraposición,
el objeto de la tragedia no es la historia sino el mito, y lo que otorga el
carácter trágico al héroe no es la pertenencia a un estamento, sino la época
prehistórica de su existencia, el ser parte de un pasado heroico. Benjamin
rescata la opinión de Opitz, escritor barroco, el cual sostiene que lo que
define al monarca como personaje principal del Trauerspiel no es el
enfrentamiento con Dios y el destino sino la consagración de las virtudes
principescas, la representación de los vicios principescos, la comprensión de
la actividad diplomática y, en fin, la destreza de las maquinaciones políticas.
Tal era el carácter inmanente del drama barroco, que el término Trauerspiel se aplicaba tanto para
denominar al drama literario como al mismo acontecer histórico.
Todo
género trágico siempre fue considerado históricamente elevado. Sin embargo,
existen claras diferencias entre los elementos que se intentan resaltar en cada
uno de ellos. La tragedia antigua tomó como elevada la separación entre el
hombre antiguo y sus divinidades, y el hecho de haberlas reunido en tano que lo
central es la unión de dos historicidades completamente distintas a partir de
la relación del sujeto trágico con los dioses. El rey del drama barroco parece
haber sido el depositario de algunas funciones que antiguamente cumplía la
divinidad, como por ejemplo la ordenación del tiempo. Sin embargo, es
presentado con rasgos completamente humanos; si bien cumple una función, es
expuesto descarnadamente como un hombre, lo cual produce una victimización del
rey debido a una desproporción entre la limitada dignidad jerárquica con que
Dios lo inviste y la situación de su pobre esencia humana: “las desgracias de
los grandes y de los poderosos, por el contrario, inspiran un temor absoluto:
no pueden ser aliviadas por ninguna causa externa, pues los reyes tienen que
ayudarse mediante sus propias fuerzas o sucumbir” (Benjamin, 1990: 100). La
conmoción del espectador adquiere mayor fuerza cuando lo que se narra es la
caída de un personaje importante; nada ilustra más drásticamente la fragilidad
de la criatura que el hecho de que incluso él (el soberano) esté sometido a esa
fragilidad constitutiva. El derrumbe de un rey a diferencia del derrumbe de una
familia plebeya por ejemplo, es una caída que implica n ruido tal que puede ser
oído por todos.. Esto constituye una
de las tantas contradicciones propias del Trauerspiel:
la presencia de un soberano que tiene que cumplir una función divina, siendo él
mismo un hombre y nada más que eso, lo cual lleva a presentar su figura a veces
como tirano, a veces como mártir razón por la cual la indefinición del lugar
del rey constituyó un elemento central del drama barroco alemán.
Para
el Trauerspiel la figura del soberano
posee un significado ejemplar. La caída del rey, el relato de su infortunado
desenlace y la exaltación de su impotencia para actuar, pese a ocupar el antiguo
lugar de los dioses, es la mejor manera de representar el sentimiento barroco
sobre la existencia del hombre: una existencia signada por la desgracia, en la
que se habrá de reconocer el destino de la vida humana.
Por
su parte, en la tragedia griega el elemento jerárquico no es condición
suficiente para representar la importancia del héroe trágico, ya que las
figuras heroicas se encuentran sustraídas del tiempo. Como dijimos
anteriormente, el héroe trágico adquiere su estatus a partir de su pasado, y a
diferencia del soberano, mantiene una distancia infinita con su comunidad
representada bajo la figura del coro.
En
la tragedia griega se muestra una acción principal que representa el
enfrentamiento del héroe trágico con los dioses que, en pocas palabras es el
enfrentamiento del héroe con su destino, y por ellos mismo es la voluntad de
escapar de la Moira lo que lo conduce a su propia muerte. Lo trágico del mundo
antiguo reside en este concepto de destino que aparece como una fuerza
demoníaca que se opone a la voluntad del hombre. La peculiaridad de lo trágico
radica en que el destino aparece puesto sobre la capacidad del hombre de
frustrar su desenlace; la trama de la tragedia es este intento del hombre de
frustrar su propia Moira. Es posible comprender entonces que la manera en que
el héroe se enfrenta con la divinidad, abre al lugar donde reside la culpa que
sólo es redimida con la propia vida del héroe. El camino de lo divino a través
del mundo se refleja, de esta manera, en la acción del hombre, esto es,
actuando cae el hombre en la culpa y a su vez, toda culpa encuentra su
expiación en el sufrimiento del héroe. Ahora bien, dicho sufrimiento no resulta
en vano ya que conduce a la comprensión y dicha comprensión al efecto catártico
en tanto modelador de las pasiones. En este sentido, resulta fundamental para
la tragedia que la culpa aparezca diferenciada, como así también el
reconocimiento de aquellos actos que suscitan temor y aquellos que provocan
piedad.
El
sacrificio del héroe es al mismo tiempo principio y final. Un final en el
sentido en que el héroe paga con su propia vida a los dioses por haber actuado
en contra de un antiguo derecho que los mismos detentaban, pero también el
sacrificio constituye un principio en la medida en que es una acción
sustitutiva en la que se anuncian nuevos contenidos de la vida del pueblo. La
muerte trágica termina beneficiando la vida de la comunidad que está naciendo,
y en este sentido es sinónimo de salvación:
La
hybris trágica, que paga con la vida
del héroe su derecho a permanecer callada, sólo era posible en épocas arcaicas.
No dignando justificarse ante los dioses, el héroe establece con ellos una
especie de pacto de expiación que tiene un significado doble: no sólo implica
la restauración de un antiguo orden jurídico, sino que también señala el
comienzo de su debilitamiento en la conciencia lingüística de la comunidad
renovada (Benjamin, 1990: 105).
De
esta manera, en la muerte del héroe se esconde un doble significado: por un
lado implica quitar vigor al antiguo derecho de los olímpicos, en la medida en
que el mismo encuentra un límite en la resistencia del héroe; por el otro, la
ofrenda de la vida del héroe, el sacrificio de su muerte, se anuncia como
primicia de la nueva comunidad, como una palabra que no puede ser dicha todavía
y que por esa misma razón es lanzada hacia el futuro.
La
tragedia griega es representante de un orden del mundo tambaleante, inseguro,
en el cual el héroe vive en constante peligro, enfrentando a un destino ya
escrito que lo condena de antemano. Pero al mismo tiempo, ese mismo mundo en
proceso de cambio le otorga el poder de hacerse cargo y enfrentarse a su
destino. La purificación de las pasiones es la condición necesaria para la vida
en comunidad, pero una comunidad ya no ordenada de manera absoluta por la
trascendencia divina, sino por las propias leyes mundanas. Así la culpa heroica
en la tragedia antigua aparece estrechamente ligada a la eficacia de la ley;
hay una relación necesaria entre la ley y la culpa que provoca la reconciliación
de la comunidad griega con sus propias leyes.
La
culpabilidad del héroe trágico resulta completamente definible y es menester
que así sea. Es necesario que el héroe se sienta culpable al enfrentarse con
los dioses, es necesario que pague por su acción, como es necesario también que
esté convencido de su actuar. De esta manera, deberá pagar con su vida la falta
cometida, debido a que aún perdura un derecho antiguo, el derecho de los
dioses. Sin embargo, al mismo tiempo, en su propia acción, en su desafío frente
a un destino preescrito, está el inicio de la comunidad futura.
Ahora
bien, a diferencia de lo que ocurre con la tragedia griega, en el Trauerspiel hay una clara indefinición
acerca de la culpa; los límites entre la redención, la culpa y el castigo
aparecen borrosos. Esta indefinición es uno de los rasgos principales que
elimina la comparación entre ambos dramas.
En
el drama del barroco el efecto trágico aparece transformado; no hay una
identificación clara con la piedad y el temor, lo cual lleva a que la catarsis
no se suscite. Lejos de buscar la purificación de las pasiones el Trauerspiel parece inundarse y tener
como efecto la proliferación de las pasiones. La historia que constituye el
contenido del drama del barroco es una historia donde la ley aparece
desdibujada, donde no resulta posible la distinción de la acción que conlleva
la culpa y el sacrificio que posibilita su expiación. El drama así, aparece
desconectado de la legalidad. Alejado de la purificación catártica, el Trauerspiel queda detenido en todas las
formas de lamento, en la presencia del duelo que no cesa, en la forma de la
melancolía que lo cubre todo.
La
muerte del héroe trágico constituye la resolución de la tragedia, su desenlace
cierra como un círculo; es el momento en el que el culpable expía la culpa con
su propia vida. En el Trauerspiel este
momento de la resolución aparece dilatado de tal manera que nunca acontece; el
culpable nunca paga, y en este sentido, el drama nunca se resuelve. Al
encontrarse interrumpido el momento de la solución, el drama barroco no es un
drama de la reconciliación. La conclusión de la tragedia griega, su desenlace
en la muerte del héroe, marcaba el final de una época tanto en sentido
histórico –fin del mito- como individual. Por su parte, el Trauerspiel no posee un final propiamente dicho, sino que parece
seguir fluyendo indefinidamente.
El
barroco alemán está enteramente marcado por la Reforma Luterana. A diferencia
de la contrarreforma, el luteranismo adoptó una actitud antinómica con respecto
al mundo terrenal: si por un lado inculcaba una rigurosa moralidad en la
conducta de los hombres, por otro lado rechazaba el poder de las buenas obras
en tanto acciones milagrosas capaces de remitir el alma a la gracia de la fe.
Esta importancia negada a las buenas obras contribuiría a crear el sentimiento
propio del barroco con respecto a la vida humana: una vida vacía.
En
oposición a la corrupción generalizada propia de la iglesia católica de la
época, los principios luteranos propugnarían un estricto sentido del deber en
el pueblo, y siguiendo a Benjamin, un profundo sentimiento de melancolía en los
poderosos. En la representación de la historia como Trauerspiel, el príncipe se convertiría en el paradigma cabal del
melancólico.
En
el análisis del héroe del Trauerspiel,
en la caracterización de su lugar y de su tiempo, en la representación nunca definida
de su figura, presentado a veces como tirano y a veces como mártir, radican las
expresiones externas que hacen del mundo del drama barroco, un mundo terrestre,
totalmente mundanizado, en el que no hay forma de escapar a su vocación mortal.
Caracterizado en última instancia por la ausencia de todo consuelo metafísico,
por el desarrollo catastrófico de su propia historia y de la historia del
mundo, el soberano es presentado en un escenario inundado de ruinas,
desprovisto de todo sentido trascendental. El mundo en los dramas barrocos,
aparece como el espacio donde proliferan los acontecimientos luctuosos, la
imagen de la catástrofe aparece en forma permanente. La idea de progreso, en
este sentido, no puede ser más que ilusoria ante el espectáculo contradictorio
y desgarrado del mundo.
En
ese escenario de profunda inmanencia donde la autoridad es puesta en duda, la
contrarreforma introduce, entonces, la identidad entre la figura del soberano y
el espacio de la divinidad; su concepto de soberanía remarcaba fundamentalmente
la positividad y el poder de decisión del rey para restaurar el orden perdido.
Por el contrario, los grandes dramaturgos alemanes se mantuvieron siempre
ligados al luteranismo, rechazando y oponiéndose a las intenciones de la
contrarreforma. En esta negación de la soberanía absoluta del soberano, el Trauerspiel introduce una distancia
entre el poder del rey y el orden divino, un distanciamiento que produce una
ruptura entre el poder político y el poder teológico. Aparece así un soberano
sin el poder de la divinidad e incapacitado para actuar. En este sentido la
figura del rey barroco es una figura fallida en tanto no posee ninguna
positividad y se encuentra inhabilitado para decidir. La figura del soberano
como tirano critica radicalmente el concepto de soberanía como ideal
restauratorio. Así, el contenido del Trauerspiel
es una historia sin salvación, puesto que es precisamente el tipo
específico de soberano que él construye, uno impotente, el que se encuentra
imposibilitado para salvar a la comunidad, e incluso para salvarse a él mismo.
Ahora
bien, en la tragedia griega el héroe se encuentra alejado del resto de los
personajes, es decir, de los dioses y del coro. El héroe trágico es poseedor de
una excelencia moral de acuerdo a los paradigmas de virtud de su contexto socio
– cultural. Su virtud o excelencia (hybris)
es, en principio, heroica; es decir, sobrepasa las capacidades meramente
humanas, lo cual lo aleja del resto de su comunidad. Sin embargo, a pesar de
estas cualidades, sufre desmedidamente y termina engullido por su destino
trágico. El sufrimiento padecido por el héroe viene como consecuencia de su
error trágico también. Hay una relación muy estrecha entre la virtud heroica
del personaje y el error que comete: parece ser que es precisamente por sus
acciones nobles y admirables por lo que el héroe comete la acción que genera la
culpa y es entonces condenado al castigo. El héroe decide enfrentar
conscientemente el castigo permitiendo que se haga manifiesto de qué manera se
da en la tragedia griega un recorte del yo del héroe, un profundo estado de
soledad que a su vez lo aleja del resto de personajes.
A
diferencia de lo que ocurre allí, el recorte del yo del “héroe” del Trauerspiel resulta imposible, ya que él
mismo no presenta ninguna distancia con el mundo que lo rodea. El sujeto del
drama barroco está diseminado en una multiplicidad de figuras, ninguna de las
cuáles consigue recortarse como yo absoluto frente al resto del mundo; no hay
una lucha contra la legalidad objetiva, no hay enfrentamiento contra un derecho
o una ley instituida, sino que lo que se encuentra es lamentación, resignación,
luto y una tristeza constante.
El
héroe trágico, porque ha quebrado esa legalidad absoluta, quiebra también con
el lenguaje, que constituía un mundo común entre él, la comunidad y los dioses.
Su separación del mundo es también un alejamiento del lenguaje que lo lleva a
comunicarse ahora en silencio, sólo en la acción y no por sus palabras. Es su
acción la que ha transgredido el mundo común; “El héroe trágico solo dispone de
un lenguaje que le sea perfectamente adecuado: precisamente el silencio. Así
sucede desde el principio. Lo trágico ha creado la forma artística del drama
con el único propósito de poder representar el acto de quedarse callado” (Benjamin,
1990: 96). Por el contrario, el quiebre del soberano en el Trauerspiel es completamente lingüístico, sólo habla por medio del
lenguaje y nunca a través de su acción. No hay en él una acción que transgreda
un orden objetivo y “la relación entre el duelo y la ostentación, tal como se
manifiesta en el teatro del barroco, ha sido expresada lacónicamente en el
lenguaje” (Benjamin, 1990: 109).
Ahora,
en la tragedia griega, el destino constituye la encarnación del desenlace histórico
de una subjetividad culpable. Frente a esta concepción antigua del destino, en
la que la culpa aparece dentro de la historia, aparece otra concepción que lo
liga a la causalidad natural. Esta interpretación destruye completamente la
idea de destino griego: en la causalidad no hay culpables; los hombres son
simplemente consecuencia de una serie de motivaciones casales que lo determinan
a actuar de cierta manera, eximiéndolos de la responsabilidad natural de sus
actos. Bajo esta interpretación desaparece el fundamento de la culpa, puesto que si los hombres no son
sino una determinación natural, sus acciones, de alguna forma, responden al
orden de la naturaleza. Para la idea antigua de destino es fundamental que el
héroe actúe más allá de la determinación natural: en la medida en que el hombre
es libre frente a la ley es capaz también de ser culpable. En la interpretación
natural del destino se anula la subjetividad culpable. El desenlace de la vida
del hombre será regido, entonces, por un orden natural que lo trasciende, a la
vez que lo exime de la responsabilidad de sus actos.
La
presencia del destino en el Trauerspiel se
erige entre ambas interpretaciones. Si bien los personajes conviven con un
fuerte sentimiento de culpa, parece acercarse más a la interpretación que
entiende al mismo tiempo como causalidad natural. Los personajes del drama
barroco resultan víctimas de su destino, incapaces de enfrentarse a él. Todos
los actos voluntarios del hombre aparecen como una vana arrogancia frente a un
desenlace que resulta inmodificable. El soberano simplemente se horroriza ante
el hecho luctuoso; se cree capaz, a la vez, de reclamar que el desenlace de los
acontecimientos hubiese sido otro, de manera que posibilita la aparición de la
figura del intrigante, que es central en el Trauerspiel,
en tanto que aporta un grado de
comicidad; se ríe del rey porque sabe que su pretensión es completamente
impotente; el lamento del soberano es para el bufón otra muestra más de la
arrogancia del hombre. Aquel no es más que una marioneta del destino cuyos
hilos éste busca develar. En el universo del drama barroco, la fantasía de
reducir lo grande a la estatura del hombre y agigantar lo pequeño, devienen
sinónimos.
La
caracterización del soberano como simple marioneta y el sentimiento de culpa
que éste padece no resultan contradictorios debido a que a diferencia de la
tragedia antigua, la culpa del Trauerspiel
no resulta de una transgresión real al tiempo del drama; el hombre barroco
aparece culpable por una especie de culpa prehistórica, de la que no tiene
memoria, y no por algo que él realizó. Esta idea remite al pecado original: el
soberano debería ser capaz de asumir la responsabilidad por aquello de lo cual
no tiene memoria de ser responsable. En el drama barroco, la culpa se aleja,
así, de su relación con una acción subjetiva y pasa a ser a culpa de la mera
existencia. Hay una marca originaria de la cual el hombre es una consecuencia,
encontrándose plenamente determinado. Sin embargo, la realidad no es concebida
como plenamente determinada en la medida en que supone un acto fundacional
voluntario, el pecado original. Este acto desencadena dos consecuencias
fundamentales para comprender el destino del Trauerspiel. Por un lado, aquel acto fundacional es rescatado a
partir de una idea de la felicidad perdida; fueron Adán y Eva los que alejaron
al hombre del paraíso. La realidad en el cristianismo, cuya presencia resulta
fundamental en el drama barroco, siempre es vista bajo el prisma de esta
felicidad perdida. La segunda consecuencia es la presencia de la culpa: aquel
hecho fundacional convierte a todos los hombres en culpables. La historia
cristiana se encuentra, entonces, marcada por este anhelo de una felicidad
perdida y por el sentimiento de culpa de todos los vivientes. La historia, bajo
este prisma, no es más que el camino nunca posible de la expiación de la culpa
fundacional.
3.
Especies
interinas: el cadáver como emblema
Ya hemos dicho que el proceder
metodológico de Benjamin tiene como punto de anclaje lo que él denomina “la
especie alegórica” debido a que es, precisamente mediante ésta que se estructura
su argumentación. Esto es, la unidad que ofrece el armazón alegórico, en tanto
que en él convergen efectivamente los resultados, las conexiones y las
condiciones históricas, conduce necesariamente al Trauerspiel donde se concentran y adquieren una nueva forma los
contenidos temáticos ofrecidos por dicho contexto histórico. De esta manera,
Benjamin comprende además que dicho contenido no puede comprenderse
apropiadamente si no se lo aborda desde los conceptos teológicos, pues es
propiamente ese plano la forma límite del Trauerspiel
y, en esa medida, el escenario apropiado que reivindicará la comprensión del
drama Barroco sin el riesgo de recaer en la paradoja propia del enfoque
puramente estético:
En la
visión barroca de la naturaleza como representación alegórica de la historia
resulta central el emblema, un montaje de imagen visual y signo lingüístico, a partir del cual se
puede leer, como en un rompecabezas ilustrado, qué significan las cosas. Por
supuesto en la representación del fetiche de la mercancía como fósil, Benjamin
mismo crea un emblema: bajo el signo de la historia, la imagen de la naturaleza
petrificada es la clave de aquello que la historia ha llegado a ser. Los poetas
alegóricos leían un significado similar en el emblema de la calavera humana, el
residuo esquelético de mirada vacía que alguna vez fuera un rostro humano. (Buck-Morss, 1995: 183).
La dificultad de reconstruir en
términos de una teología de la historia algunos de los motivos más importantes
del Trauerspiel radica precisamente
en “la actitud desenvuelta e irreflexiva de la crítica de arte barroca”
(Benjamin, 1990: 213), sin embargo, el filósofo intentará determinar
temáticamente algunos de ellos dinámicamente esperando aclarar los malos
entendidos que descansan a la base del
Trauerspiel mismo.
Una de las preguntas que guiará el
abordaje y comprensión de Trauerspiel gira
en torno a algo así como la que sería la razón de ser de las escenas de terror
y de martirio en las que se regodean los dramas barrocos. Esta pregunta desembocará
necesariamente en las normas de la emblemática debido a que es allí en donde en el cuerpo desmembrado (nunca
entero) se creía, era posible encontrar un significado verdadero, escritural.
El hombre, desde la perspectiva dualista, reemplaza al león de los heraldistas.
El constructo compuesto de alma y cuerpo en donde la primera corresponde a una
entidad estrictamente inmaterial que es en sí misma razón y, el segundo, es el
único contacto posible del alma con el mundo externo, constituyen la razón misma
de los dramas trágicos y ante todo, de su interminable referencia a los
tormentos que serían, de ese modo, la fuente primigenia de afectos. Aún más, la muerte es en sí misma la
posibilidad por un lado, de la liberación del alma (el espectro se libera de su
encadenamiento a la materia) y, por otro, del alcance de la plenitud de los
derechos del cuerpo en tanto cadáver; “la alegorización de la physis no puede llevarse a cabo con la
suficiente energía más que gracias al cadáver. Y los personajes del Trauerspiel mueren porque sólo así, en
cuanto cadáveres, pueden ser admitidos en la patria alegórica. Perecen, no
para acceder a la inmortalidad, sino
para acceder a la condición de cadáveres” (Benjamin, 1990: 214). La vida consiste entonces, desde esta perspectiva,
en la producción del cadáver. El cuerpo deviene partes, hay un continuo
despedazamiento de éste, los miembros se desprenden y son entonces emblema, la
anatomía es, de esa manera, esencialmente emblemática, esencialmente cruel;
“para el Trauerspiel del siglo XVII
el cadáver llega a ser el accesorio escénico por excelencia. Sin él, las
apoteosis resultan prácticamente inconcebibles. Éstas “resplandecen de pálidos
cadáveres” y es cosa del tirano abastecer de ellos al Trauerspiel” (Benjamin, 1990: 215).
4.
Pandemonium
Ahora
bien, en este orden de ideas, es preciso el reconocimiento del origen Cristiano
de la concepción alegórica ya que, propiamente, la exégesis alegórica se
produce en el Cristianismo, en el de la Edad Media, de allí que sea necesario
dicha exégesis con vistas a una mejor comprensión de la alegoría. El estudio de
este tipo de exégesis además será importante para comprender también las
problemáticas de la alegoría barroca, pues numerosas son las similitudes entre
el Cristianismo de la Edad Media y el Cristianismo del Barroco, además no
podemos olvidar que el Cristianismo en el Barroco, particularmente, es
imprescindible en la concepción de la alegoría y en la solución de sus
contradicciones.
Principalmente
podemos hablar de tres similitudes entre el Cristianismo de la Edad Media y el
del Barroco: “la lucha contra los dioses paganos, el triunfo de la alegoría y
la mortificación de la carne” (Benjamin, 1990: 217). En efecto, en la Edad Media los dioses de la
Antigüedad permanecieron en la simbología cristiana de la época, pero no ya
como dioses divinos sino como dioses paganos, y como tales escenificaban los
vicios y los pecados que conducían al mortal que pecaba al infierno. Los dioses
de la Antigüedad perdían su esencial sentido y pasaban a significar la parte
más demoníaca del mundo cristiano. Las similitudes entre este fenómeno en la
Edad Media y en el Barroco son muy grandes pues sólo así se puede explicar que
“en el siglo XVII, Rist, Moschrrosh, Zesen, Harsdörffer y Birken arremetan
contra la ornamentación mitológica de la literatura con una vehemencia sólo
comparable a la de los escritores latinos de los primeros tiempos del
Cristianismo” (Benjamin, 1990: 217). Es significativa también la apelación de
Birken a los dioses paganos en tanto “auténticos diablos” debido a que
precisamente la Antigüedad se aproxima amenazadora, su persistencia debe ser
repelida, los espíritus deambulan aun y, en este contexto, con forma de
fenómenos celestes que ahora deben ser concebidos en términos humanos con el
fin de limitar el poder demoníaco de los mismos:
La
cosmología mitológica de la Antigüedad antropomorfizó las fuerzas de la (vieja)
naturaleza en dioses de forma humana, significando una continuidad entre el
ámbito natural, el humano y el divino. Este panteón pagano fue destruido en el
sentido más material por la historia posterior; las grandes figuras esculpidas
de los dioses, los pilares de sus templos sobrevivieron físicamente sólo en sus
fragmentos. Mientras la arquitectura sufrió visiblemente las heridas de la historia
de la violencia humana, los antiguos dioses fueron proscritos como “paganos”
por una Cristiandad triunfante, dejando tras de sí una naturaleza despojada del
espíritu divino que alguna vez los animara. En contraste, la nueva religión
creía en la mortificación de la carne y en una naturaleza abrumada por la
culpa. El panteón de los antiguos dioses “desconectado de lo contextos vitales
de los que había surgido”, se transformó en un conjunto de “figuras muertas”
erigidas arbitrariamente en nombre de las ideas filosóficas que algún vez
encarnaron como símbolos vivientes: lo muerto de las figuras y la abstracción de los conceptos
son la precondición de la metamorfosis alegórica del panteón en un mundo de
conceptos –criaturas mágicos (Buck-Morss, 1995:188)
Se
reanima entonces la memoria asociada a las imágenes pero esta vez las imágenes
tienen un carácter absolutamente emblemático, el carácter medieval que tiene su
eco en las fantasías alegóricas del Barroco. Los dioses antiguos son en sí
mismos alegorías en las que la carne, con respecto a la cual se había
incrementado la sospecha, era controlada, precisamente por la emblemática:
“como de todo esto se desprende, la exégesis alegórica apuntaba principalmente
en dos direcciones: estaba destinada a fijar en sentido cristiano la naturaleza
verdadera (la demoníaca) de los antiguos dioses y servía también para la
mortificación piadosa del cuerpo. No se debe, por tanto, a puro azar el que la
Edad Media y el Barroco se complacieran en ingeniosas yuxtaposiciones de imágenes
de ídolos y de huesos muertos” (Benjamin, 1990: 219). Acá tenemos un primer
esbozo para la solución de la pregunta que referimos anteriormente.
Ante
la dificultad de simplemente ahuyentar de la memoria de sus fieles a los
dioses, la alegoresis aparece como la palabra destinada a exorcizar un resto
aun intacto de la vida de la Antigüedad. La alegoría surgió, entonces, en un
principio en el Cristianismo como el intento de exorcizar una parte de la
Antigüedad que todavía pervivía en el mundo medieval. Este intento por
“purificar” esa parte que persistía del mundo antiguo estuvo determinado por un
proceso de despojamiento a dichos dioses de su significado inicial y,
posteriormente dotándolos de otro significado dentro de la escatología
cristiana, es decir, haciendo de ello, una alegoría. Sin embargo, si la
alegoría en un principio pretendía expulsar esa parte de la cultura antigua,
fue precisamente gracias a la alegoría que ésta pervivió. Como fase intensiva
de la preparación de la alegoría debemos destacar a los poetas como, Horacio y
Ovidio, entre otros, que si bien no utilizaron la alegoría en gran parte sí
prepararon el terreno para que ésta comenzara a surgir. En estos poetas las
imágenes de los dioses comenzaron a sufrir una abstracción, porque “en la
medida en que la fe en los dioses de la época clásica perdió su fuerza, también
sus imágenes (de acuerdo con la forma que la literatura y el arte les habían
dado) se liberaron, volviéndose disponibles en cuanto cómodos instrumentos de
representación poética” (Benjamin, 1990: 220). Precisamente es por esa razón
que la alegoría no es la simple volatilización de las esencias teológicas,
ésta, es simplemente una etapa de preparación de la alegoría. Por el contrario
a la necesaria desaparición del mundo de los dioses que se habría seguido del
desarrollo de la literatura de este tipo, la alegoría lo salva gracias a su
esencial intuición de la caducidad de las cosas y el cuidado de salvarlas en lo
eterno. La Antigüedad deja tras de sí enormes ruinas y con ellas el conflicto
de la caducidad y de la eternidad; la alegoría es, en el dominio del
pensamiento, lo que las ruinas en el dominio de las cosas. Usener se dedica,
precisamente, en su obra “Los nombres de
los dioses” a enfatizar en esa distinción;
Debemos,
por tanto, admitir el hecho de que la impresionable sensibilidad religiosa de
la Antigüedad pudiera elevar fácilmente al rango de divinidades incluso
conceptos abstractos. La razón por la que estas divinidades, casi sin
excepción, siguieron arrastrando una existencia fantasmal y como exangüe es que
también los dioses particulares tenían que palidecer ante los dioses
personales, quienes disponían de la transparencia en la palabra (Benjamin,
1990: 221).
Es
importante señalar que además de esta fuerte noción de caducidad que está a la
base del origen de la alegoría, era necesario el surgimiento de la noción de
culpa para completar el escenario apropiado de tal génesis. Es entonces con el
Cristianismo que la culpa, a través de la doctrina de la caída, adquiere
sentido completamente y da forma a la alegoría como tal. Esto se hace
manifiesto en la comprensión del sujeto siempre acompañado por la culpa en
tanto que resultado de su traición al mundo y a su objeto de contemplación en
nombre del saber, del conocimiento. Dicha traición trae como consecuencia
necesaria la caída y, en el sentimiento luctuoso de la naturaleza, ésta queda
muda, prescinde del lenguaje y queda entonces sometida a simplemente ser leída
y significada por el alegorista. Es la interpretación alegórica entonces la
única posibilidad de redención.
La
pluralidad de lenguajes humanos se explica por la inconmensurable inferioridad
de la palabra nombradora en comparación con la palabra de Dios, a pesar de
estar aquélla, a su vez, infinitamente por en cima de la palabra muda del ser
de las cosas. El lenguaje de las cosas sólo puede insertarse en el lenguaje del
conocimiento y del nombre gracias a la traducción. Habrá tantas traducciones
como lenguajes., por haber caído el hombre del estado paradisíaco en el que
sólo se conocía un único lenguaje. Este es el verdadero pecado original del
espíritu lingüístico (Benjamin, 2001: 70-71)
Ahora,
el hecho de que estas figuras de los dioses fueran ya caducas y entonces,
estuvieran perdiendo su significado inicial, esto es, que en tanto que
reducidos a la condición de cosa muerta y en su simplificación a la condición
de meros mortales, por un lado, eran en sí mismos contenedores de fuerzas
mágicas maléficas, es decir, las características divinas fueron cambiadas por
substitutos demoníacos y, por otro lado, eran además residuos de contextos
perdidos, condición que provocó que la alegoría se fijara en ellos haciéndolos
permanecer aun cuando pasaran a significar otros valores de la escatología
cristiana y no, por supuesto, aquello que significaban en un principio, esto es
precisamente a lo que aludíamos anteriormente con respecto a las dos
direcciones hacia las que apunta la exégesis alegórica. La alegoría no solamente surgió en el
Cristianismo a causa de la su cualidad de fijarse en la caducidad de las cosas,
pues para eso ya habría sido alegoría la mera abstracción de los dioses de la
Antigüedad donde permanecían estos en tanto que caducos. Para que fuera posible
una exégesis alegórica era necesario además, como dijimos más arriba, que la
idea de culpa apareciera fijada en las cosas que se iban a alegorizar, de
manera que estos conceptos además, encontraran un buen lugar de asentamiento
tanto en los ídolos como en los cuerpos. La culpa es, propiamente, la que
impide que el objeto alegórico alcance su verdadero sentido, pues, en tanto que
la materia está cargada de culpa, le es imposible mostrar su significado, esto
es, puede de hecho significarlo todo y entonces su conocimiento es arbitrario.
La alegoría se confronta con una materia con culpa; “el origen de la visión
alegórica se encuentra en la confrontación entre una physis abrumada de culpa y una natura
deorum más pura, encarnada en el Panteón” (Benjamin, 1990: 224).
En
la Edad Media, además y fundamentalmente, surgió la figura de Satán en donde se
concentraron todos los pecados de la escatología cristiana, más aun, los
múltiples demonios de la antigüedad (los dioses paganos) encontraron unidad en
la figura de ese único demonio que además relacionó la materia con el mal; “en
la figura de Satán la Edad Media estrechó con fuerza los lazos que unían lo
material a lo demoníaco” (Benjamin, 1990: 224). Esta figura muestra que,
efectivamente, la culpa y el mal residen en la materia haciendo manifiesto que
con su dominio es imposible que un significante alegórico encuentre realizado
su significado, de allí que los emblemas y la alegoría tengan semejante
ambigüedad en el Barroco. La risa satánica, la burlona risa del infierno que
pasa por encima del lenguaje, se conecta con ese exceso de significados de los
objetos, signo del estado de caída de la naturaleza; “así pues, del mismo modo
que la tristeza terrenal es inseparable de la alegoresis, la alegría infernal
corresponde a la frustración que los anhelos de ésta sufren al triunfar la
materia. De ahí la comicidad infernal del intrigante, de ahí su
intelectualismo, de ahí su conocimiento del significado. En su mudez, la
criatura es capaz de esperar su salvación a base de significar. ” (Benjamin,
1990: 225).
“Satán
tienta. En su calidad de iniciador induce a un saber que constituye la base de
la conducta punible” (Benjamin, 1990: 226). La caída y el sentimiento luctuoso
que ésta provoca, es decir la mudez del mundo, constituye la fuente y el
contenido de las alegorías. El rodeo en torno a las cosas conducido por el
deseo de acceder al saber absoluto de un modo incondicionado y determinado por
la curiosidad es, de nuevo, la manifestación de la conducta que en un principio
provocó el castigo y que con él transformó al lenguaje en simple charla. La
muerte espiritual del proceder alquimista, mágico es consecuencia precisamente
de la conducta alegorista, “la más peculiar forma de existencia del mal no
consiste en obrar, sino en saber” (Benjamin, 1990: 227). La pretensión de ese saber es más exactamente
la pretensión del dominio de espiritualidad absoluta que es posible de ser
experimentado sólo por el mal que está vinculado a la materia, no porque la
tentación física constituya la razón del mal, sino porque ésta es réplica
simétrica suya, es su patria.
El mártir del
Gólgota: la metamorfosis de la alegoresis
Así
las cosas, es posible comprender un poco mejor la razón de ser de la
emblemática del Trauerspiel en donde
no es la simple oposición la que domina está lógica sino más bien la apoteosis
manifestada en diversas metamorfosis que, a través de un artificio hace
aparecer lo significado. El paraíso convertido en cementerio y las rosas en
espinas escenifican el mundo oscuro y pleno de imágenes terroríficas del
Barroco, sin embargo, esta continua metamorfosis provoca el giro hacia lo que
realmente está a la base del fenómeno alegórico: “la salud de la salvación de
aquel otro tipo sombrío de imágenes que significan muerte e infierno” (Benjamin,
1990: 229). El enfoque alegórico es
pues, un giro hacia atrás que mira de frente a la redención:
En
las señales de muerte del Barroco el enfoque alegórico termina por cambiar de
dirección, volviéndose sólo ahora hacia atrás en un arco máximo, con ánimo de
redención. Los siete años de inmersión en su objeto han venido a resultar un
solo día. Pues también esta temporalidad del infierno se seculariza hecha
espacio, y ese mundo, que se abandonó al profundo espíritu de Satán,
traicionándose, pertenece a Dios. El alegorista se despierta en el mundo de
Dios. “Si cuando el Altísimo venga a hacer su cosecha en el camposanto. Yo que
soy una calavera, tendré un rostro de ángel”. Así llegan a descifrarse las
cosas más desmembradas, las más extintas, las más dispersas. Cierto es que con
ello la alegoría pierde todo lo que tenía de más propio: el saber secreto y
privilegiado, el régimen de la arbitrariedad en el dominio de las cosas
muertas, la infinitud supuestamente implícita en la ausencia de esperanza (Benjamin
1990: 230).
Si
con Satán la naturaleza se presenta como cargada de culpa, fragmentada y
arbitraria y los significados de las alegorías como múltiples, de repente todo
esto se muestra como falso, toda esta vorágine del mal se detiene con la
respuesta de la teología, al convertirse la risa del diablo en emblema de sí
mismo, pasando así a significar precisamente aquello que no es. La alegoría
abandona la materia y da un salto hacia el espíritu, se torna entonces
espiritual. Satán se ríe en el infierno pero esta risa que se burla del
alegorista barroco provoca, precisamente, la ruptura de la idea de un mundo
material estrictamente demoníaco. Justamente, ahora la risa burlona manifiesta,
por el contrario de lo que se había pensado, el hecho de que la materia y el
mal son a su vez alegoría de aquello que no son:
Alegoría
del bien y del mundo de lo espiritual, alegoría de la eternidad y de la
redención; el puro y simple mal se revela como fenómeno subjetivo gracias a la
forma alegórica que adopta. El conocimiento del mal carece, por tanto, de su
propio objeto. El mal no existe en el mundo. No comienza a surgir en el hombre
más que con el afán de conocer, o más bien, de juzgar (Benjamin, 1990: 230).
La
visión alegórica da de repente un viraje, un salto traicionero hacia la
redención. Esta es la solución teológica que da el Barroco a los problemas de
la ambigüedad de la alegoresis. La alegoría no es más entonces el custodio del
puro y simple mal, éste existe sólo en ella simplemente como alegoría, esto es,
en tanto que significa algo distinto a lo que es.
El
mal carece de objeto, es simplemente introducido mediante el concepto del
saber, en efecto, el conocimiento del bien es posible sólo en la praxis, el del
bien y el mal por el contrario, es lo opuesto a cualquier tipo de conocimiento
efectivo. Es esto propiamente el triunfo de la subjetividad, de la “cháchara” y
de éstas como manifestación del régimen de arbitrariedad sobre las cosas, es
decir, de la contemplación alegórica;
En
el mismo momento de la Caída la unidad de la culpa y el acto de significar
emerge como abstracción, delante del árbol del conocimiento. Lo alegórico vive
en abstracciones, y en cuanto abstracción, en cuanto facultad del espíritu
mismo del lenguaje, se encuentra en la Caída como en su casa. Pues, al carecer
de nombre, el bien y el mal se hallan fuera del alcance de la nominación, más
allá del lenguaje de los nombres en el que el hombre del paraíso nombró las
cosas, lenguaje que él deja abandonado en el abismo de esa interrogación. Para
las lenguas el nombre no es más que una base donde echan sus raíces los
elementos concretos. En cambio, los elementos abstractos del lenguaje están
enraizados en la palabra que juzga, en el veredicto (Benjamin, 1990: 232).
El
milagro suspendido en las alturas es sujetado precisamente en la contraposición
con la diferencia y la dificultad de sustentación del mundo terrenal, es por la
alegoría que se sostiene arriba como esa “ponderación
mysteriosa”, es propiamente entonces, la apoteosis transfigurada. En la
puesta en escena del luto y en su manifestación se da precisamente la alegorización de Dios y la posibilidad de
la redención:
Los alegoristas como los
alquimistas, dominaban la infinita transformación de lo significados, en contraste
con la única palabra verdadera de Dios. Como conocimiento del mundo material,
el suyo es un conocimiento del mal, cuyas contradicciones y arbitrariedad son
experimentadas como un descenso al infierno. Es la revelación teológica la que
detiene esta caída. (Buck- Morss, 1995: 37).
La
crítica del Trauerspiel alemán que
sin embargo hace Benjamin está determinada por el flojo desarrollo que hace
éste de la intriga, debido a que dicho elemento permite la organización de la
escena con miras a su configuración en la totalidad alegórica dada por la misma
imagen de la apoteosis, por esa apoteosis transfigurada a la que hacíamos
alusión más arriba, donde puede surgir, propiamente, lo heterogéneo con
respecto a las imágenes que surgen conforme avanza la acción. Es precisamente
este tipo de esbozo el que debe ser desarrollado y pensado hasta las últimas
consecuencias de manera que entonces sí pueda ser abordada la idea del Trauerspiel alemán. No obstante, el
drama barroco merece ser pensado y lo debe ser de acuerdo al espíritu mismo de
la alegoría, es decir, desde sus ruinas, desde los restos de las enormes
edificaciones; “conforme al espíritu de la alegoría, desde un comienzo está
concebido como ruina, como fragmento. Si otras formas resplandecen majestuosas
como el primer día, en ésta la imagen de lo bello ha quedado fijada en el
último” (Benjamin, 1990: 233).
Hemos
visto que el lenguaje como expresión y participación mimética en las cosas configura, en efecto, el limite más
allá o más acá del cual comienza el medio y el reino de la violencia. Pero del
mismo modo que existe un lenguaje como medium
de una comunicación universal en la creación, así también existe un mundo
de relaciones invíolentas o un mundo de violencia expresiva, inmediata. Benjamin
manifiesta explícitamente que también en el orden de la interacción humana
existen nexos libres de violencia, por consiguiente de comunicación y de
participación: “Dondequiera que la cultura del corazón haya hecho accesibles
medios limpios de acuerdo, se registra la conformidad inviolenta” (Benjamin,
2001: 43). Pero la comparación puede llegar más lejos: al lado divino a la vez
del lenguaje y de la violencia. Divino era el nombre en aquel estado en que su
armonía de las cosas lo delataba como principio creador en el paraíso. Así
también existe una violencia no definida como medio instrumental de la
fundación o la conservación del derecho; la violencia como expresión, la
violencia como ira o furia de los dioses, la violencia como manifestación de un
destino. Se nos han abierto las dos vías, los dos elementos que configuran la
reflexión en torno a la violencia y a la condición de caído del hombre, la
mirada dialéctica ha presentado múltiples imágenes que a manera de mosaicos nos
ha dibujado la constelación de un pensamiento que, sobre las ruinas, mira hacia
atrás, hacia la redención.
Con
la solución que propone el Barroco ante la ambigüedad y arbitrariedad de la
alegoresis a la que estamos sometidos desde que la palabra quiso decir mal y
por la cual se funda la violencia y la palabra que juzga, el tiempo mesiánico
de justicia podría en cualquier momento entrar por la puerta entreabierta del
ahora. Benjamin parece sugerirnos la posibilidad —incalculable— de una política
que se funda en la ética y de una ética por encima de toda decisión, de toda
Ley. Así, misteriosa irrumpe la última frase del texto Para una Crítica de la Violencia, que se graba en la cadencia de la
enunciación cual destino: “La violencia divina, insignia y sello, jamás medio
de ejecución sagrada, podría llamarse la reinante” (Benjamin, 2001: 45).

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