“El
ojo que ves no es ojo porque lo ves
Es
ojo porque te ve”
Antonio
Machado
La noción heideggeriana de
transposición indica la facultad humana que permite ponerse en el lugar del
otro y comprenderlo desde su propia esencia. A través de esta noción Heidegger
se pregunta si el hombre puede transponerse en el animal para entender su
esfera y la animalidad misma. Pero Heidegger resuelve en este intento -que debe
partir de códigos de comprensión diferentes a los nuestros y, a la vez,
teniendo cierta conciencia de nuestra mismidad en la aprehensión del otro- que
el hombre, más que transponerse en el animal, es “con” el animal y en todo caso
puede observar su esfera pero no comprender su mundo, ya que, justamente, es de
lo que el animal carece.
En lo que comprende a los parágrafos
42 al 50 de “Los Conceptos Fundamentales
de la Metafísica”, Heidegger se introduce en el ámbito práctico para distinguir el mundo (Welt) del hombre frente al ambiente o
entorno (Umwelt) del animal. Por este
camino luego emprende, siguiendo la orientación de los estudios biologicistas,
una caracterización de la dimensión orgánica frente a la artificial a partir de
lo que el filósofo llama una consideración comparativa del órgano y el útil.
Todos los esfuerzos del filósofo
alemán se dirigen precisamente contra la analogía planteada por la biología,
según la cual el órgano es una especie de herramienta. De esta manera el
filósofo procede esclareciendo a partir de estas distinciones de carácter
ontológico, el ámbito de la pregunta y del surgimiento de las tres tesis que
anteceden este estudio, a saber, que la piedra es sin mundo, el animal es pobre
de mundo y el hombre configura mundo.
De esta manera es preciso en un
primer momento evaluar dichas concepciones de forma tal que podamos comprender
al animal desde la animalidad misma, así es que, “aun cuando el organismo no
pueda concebirse como herramienta ni tampoco como máquina, la caracterización de la esencia del utensilio
y de la máquina ofrece una
posibilidad para un realce más nítido del organismo frente a estos otros tipos
de entes” (Heidegger, 2007: 265). Entonces, si bien, como dijimos más arriba,
es imposible una transposición del hombre en el animal, es necesario entonces
comprender la animalidad misma desde los caracteres que la constituyen como
tal, esto es, es necesario emprender un nuevo rodeo que en el movimiento
circular no pierda de vista su centro de tal forma que permita, con una nueva
comparación, aclarar los elementos que constituyen aquello que es objeto de
reflexión. Aclarado lo anterior, es
posible comprender la manera en la que Heidegger procede, esto es, si bien
parte de la comprensión corriente de lo viviente —según la cual todo lo
viviente es organismo—, su búsqueda lo lleva de manera directa a discutir la
misma noción de organismo tal como es planteada en la biología.
En primer lugar, la búsqueda de la
esencia del organismo lo conduce a otros entes: la mera cosa material, el útil,
la herramienta, el aparato, el instrumento, la máquina, precisamente porque la
biología los caracteriza como elementos analogables al órgano y al organismo.
Heidegger parte de la consideración de éste último como "aquello que tiene
órganos" (2007: 263). Pero la biología tiende a introducir un equívoco
cuando, en el caso de Wilhelm Roux, sostiene que el organismo es un complejo
de herramientas. De allí que la tarea heideggeriana consistirá en
distinguir cuidadosamente entre estas dos dimensiones ónticas. Heidegger
indaga el estatuto del útil por medio de una comparación con la mera cosa, en
donde el criterio que guía la tarea comparativa está dado por la triple tesis
que distingue entre pobreza de mundo, carencia de mundo y conformación de
mundo. En este contexto, los útiles
[...] no son simplemente sin mundo como la
piedra, ni tampoco pobres de mundo [...] el utensilio, las cosas de
uso en el sentido más amplio, son sin mundo, pero al mismo tiempo, en tanto que
sin mundo, pertenecen al mundo. Eso significa en general que el utensilio (el
vehículo, la herramienta y similares, y sobre todo la máquina), tal cosa es
sólo lo que es y como lo es en tanto que producto de hombres. Ello implica que
tal engendrar utensilios sólo es posible donde subyace eso que llamamos configuración de mundo. (Heidegger,
2007: 264)
Ese doble
carácter del útil como
ente sin mundo y a la vez perteneciente al mundo tiene sentido solamente en cuanto
el útil: (a) se asemeja a la piedra en lo referente a su estar cerrado al mundo, pero también (b) ingresa
en el mundo en tanto que producto intencional humano, más precisamente, resultado
de su actividad configuradora.
El discurso de
la biología, entonces, pretende comprender el organismo desde la perspectiva mecanicista
y a la vez cree superarla introduciendo a la “máquina” funciones
supramaquinales. En este sentido destaca que útil, herramienta y máquina no
pueden analogarse: "no todo utensilio es herramienta, ni menos aún toda
herramienta y todo utensilio es una máquina" (Heidegger, 265). Considerando
tales diferencias Heidegger dirige su crítica hacia la definición del organismo
como complejo de herramientas —tal como la plantea Roux—. En biología se acepta
que los órganos del ser vivo son herramientas y que el ser vivo en cuanto
organismo es una máquina. Efectivamente se habla de órganos sensoriales como herramientas
sensoriales, pero aquello que
queda impensado en la interrogación de corte biologicista es si la herramienta
y el órgano son lo mismo. Contra los supuestos corrientes de la biología y la
zoología de su tiempo, Heidegger propone alcanzar el "reconocimiento de
que los órganos no son meros instrumentos, de que el organismo no es una mera
máquina" (2007: 268).
1.
Dramaturgia de la vista: escenificando el mundo desde los dos modos del
para-qué
Hemos dicho hasta aquí que uno de los
modos por los que Heidegger se introduce en la comparación órgano-útil procede
de la caracterización del organismo. El objetivo de Heidegger es distinguir
a este último de lo artificial. Para
esto, el filósofo reflexiona sobre ciertas ideas de la biología e indica algunos problemas respecto
a: 1) la visión mecanicista que entiende
al organismo como una herramienta y 2) la visión biológica que entiende
a la máquina como un organismo incompleto.
Sobre la primera visión podemos decir
que cuando se habla del organismo se suele conectar la explicación con la idea
de lo viviente. En este sentido, se dice que todo lo viviente es orgánico y,
además, que “el órgano es una herramienta ‘complicada’, en tanto que las
diversas partes están entramadas entre sí, de modo que aportan un logro global
unitario” (Heidegger, 264). Heidegger retoma esta idea del biólogo moderno
Wilhelm Roux para corregir esta analogía mediante una revisión de los supuestos
que ésta implica. Por un lado, se encuentra la asociación de lo viviente con lo
orgánico: ésta es una forma de comprender a los órganos como elementos
funcionales que permiten obrar. El órgano es considerado como una parte de lo
viviente que posibilita la adaptación de este ser al medio. Esta interpretación
pragmática del órgano conduce al otro punto del análisis, a saber, la
identificación del órgano con el artefacto. Por ejemplo, se suele analizar el
movimiento vital de los organismos como procesos mecánicos. En este caso,
Heidegger destaca que la equivocidad en esta comparación entre lo biológico
y lo artificial produce una reducción en
la descripción de lo orgánico, puesto que se presenta lo vital a partir de
categorías extrínsecas a su esencia. La definición de la vitalidad orgánica a
partir de lo mecánico provoca la perdida de ciertos elementos que escapan en la
lectura artificial de la vida. Por tanto, tampoco favorece al órgano una
interpretación mecanicista. Esta movilidad específica de lo biológico permanece
oculta a la mirada del científico que quiere calcular y dominar la esencia del
órgano, porque la cercanía de lo natural permanece como un misterio que hasta ahora
se comprende a través de lo que ya conocemos, lo producido.
En cuanto a la segunda visión,
Heidegger tampoco está de acuerdo con la mirada del biólogo von Uexküll, quien,
a diferencia de la primera concepción,
“designa a la máquina como un organismo incompleto”. (Heidegger, 2007: 266)
Nuestra interpretación, respecto a la frase que atribuye el filósofo a von
Uexküll, refiere a la previamente mencionada mirada biológica de lo
artefactual, que entiende a la técnica como una extensión corporal. Siguiendo
esta explicación, los artefactos son prótesis que compensan el desequilibrio
natural de la fisonomía humana. Esta visión caracteriza a los artefactos como
componentes dependientes de lo viviente que imitan las necesidades y
movimientos del hombre y cuya morfología, por lo tanto, refleja la
personificación del agente. Cuando Heidegger presenta esta segunda cuestión
representada por von Uexküll, seguida de la idea del artefacto como producto,
analiza la noción del plan de construcción. En la esfera artificial hay una
serie de factores que se deben tener en cuenta en el mecanismo de acción de un
útil. Por ejemplo, en el trato con el útil es central el “para qué” como
estructura de remisión que articula la funcionalidad en sí misma. De esta
manera, el mundo de los útiles está configurado en un sistema reticular en el
que el diseño del útil -como plan de construcción- y la situación confluyen en
un horizonte de posibilidades a concretarse. No es lo mismo “el plan de
construcción de la máquina en el que se encierra el ordenamiento previo de la
estructura en la que las partes concretas de la máquina que se encuentra en
marcha se mueven de un lado a otro unas con otras” (Cfr, Heidegger, 2007: 266),
donde juega un papel importante la utilizabilidad del artefacto como elemento
decisivo para el diseño, que el plan de acción del artefacto. Este plan de
acción, en el cual el artefacto ya está previamente diseñado, es lo decisivo
en su carácter de máquina porque no es
la complejidad de la estructura lo que define finalmente la esencia funcional
del útil, sino que “del curso autónomo de la estructura ajustada a movimientos
determinados” (Heidegger, 2007: 266) puede ser aquello que determine la acción.
Esto es, teniendo en cuenta las posibles funciones que puedan surgir y no hayan
sido contempladas en el plan de construcción.
Ahora bien, retomando la frase del
“artefacto como organismo incompleto”, Heidegger indica explícitamente la reducción propia de esta
lectura que no atiende a los rasgos propios del útil y que omite la carga
semántica de los artefactos, es decir, la apertura de mundo que en la acción
técnica emerge. El filósofo no apoya esta idea del útil, puesto que éste es un
componente más de la estructura fundamental del Dasein que no es subsidiario a
lo orgánico. El desmontaje de la metáfora
biologicista iniciado por Heidegger que hemos comenzado a esclarecer y que
desarrolla cuidadosamente también en los parágrafos 51 a 55 requiere de una
reflexión comparativa, en este punto, entre un órgano y un útil, el ojo y la
pluma, por ejemplo, con el fin de aclarar un poco más y con mayor detenimiento
el camino que hemos trazado hasta ahora. De esta manera, se pretende establecer
una nueva distinción entre lo que será la disponibilidad
del útil, el carácter servicial del
órgano y se indagará en la característica básica de la capacidad
y de si, en el animal, es posible hablar de posibilidad.
Decíamos
entonces, con respecto al ojo y a la pluma que su aspecto común es, como
dijimos más arriba, el
para–qué o la referencia
teleológica: el ojo sirve para ver; la pluma sirve para escribir. Ambos, órgano
y útil, muestran el carácter del para... La utilidad forma parte
directamente de su ser específico. Sin embargo, destaca Heidegger, aquí donde
órgano y herramienta están lo más cerca en cuanto a su carácter de utilidad no
se debe desatender a una diferencia decisiva:
La pluma es un ente por sí
mismo, al alcance del uso de varios y
diversos hombres. Por el contrario, el ojo, que es órgano, jamás está así presente para aquellos que lo necesitan y lo emplean, sino que
todo ser vivo solo puede ver respectivamente con sus ojos. Estos ojos y todos los órganos no están presentes por sí
mismos como una cosa de uso, un utensilio, sino que están incorporados en el ente que hace uso de ellos.
(Heidegger, 270)
De este modo,
la primera diferencia entre órgano y útil está dada por el hecho de que el
primero es una herramienta incorporada en quien la emplea. Ahora bien, aquí
cabe interrogarse: ¿de qué tipo de incorporación se trata? Más aún, “¿pierde el
órgano su carácter de herramienta sólo merced a que está incorporado en quien
lo emplea, o esencialmente no tiene jamás en absoluto el carácter de una
herramienta?” (ibíd.)
Las
experiencias cotidianas de manipulación de útiles están caracterizadas
precisamente por un acoplamiento mecánico eficiente. Esta idea de ser–uno–con que enlaza al carpintero con su
martillo, o al operario con su grúa, puede dar lugar a pensar en los artefactos
como "proyecciones orgánicas". Precisamente a este aspecto hacíamos
alusión con anterioridad expresándonos acerca de esto cómo la mirada
biológica de lo artefactual, que entiende a la técnica como una extensión
corporal, sin
embargo, la incorporación en uno y otro caso no resulta analogable. Para no
perdernos de lo que realmente nos interesa establecer en este punto, veremos a
continuación hacia dónde se desplaza la reflexión y qué aspectos permiten darle
forma a las distinciones que hemos dicho, Heidegger establece.
2.
La capacidad “con vistas” al zumbar de la abeja
La necesidad de
plantear una diferencia entre utensilio y órgano tendrá que estar determinada
por el carácter de la utilidad misma, esto es, en el espectro de posibilidades que “abre” aquello que
sirve para algo. Esto debe su explicación al hecho de que tanto el organismo
como el utensilio tienen y encuentran su esencia en la utilidad. En otras
palabras, el asunto esencial en el que debe estribar la diferencia entre órgano
y útil, debe ser el del esclarecimiento del modo particular de ese
“ser-así-para-algo” de cada uno de ellos en el que se encierre el-tener-la-posibilidad; a partir de
este proceder podremos establecer qué o quién tiene la posibilidad, no en tanto que propiedad sino más bien en tanto que
es un elemento que encierra un tipo de ser-así-esencial. Estableceremos entonces, en este segundo
momento, la diferencia básica entre la posibilidad
y la capacidad, de manera que podamos
comprender entonces la diferencia ontológica entre el Dasein y el animal a la luz
del punto de partida de esta reflexión, a saber, la tesis de que el animal es
pobre de mundo y el hombre, por su parte, configurador del mismo.
Decimos
entonces que, efectivamente, el artefacto posee una peculiar lógica de
producción que implica una cierta determinación de su modo de ser: un martillo
fue producido de manera tal que sirviera para
martillar, la pluma significa, por su parte, ser de un determinado modo para
escribir. A esta destreza del útil, a este modo específico de su poder–servir
una vez terminado, Heidegger lo denomina disposición,
es decir, en tanto que completado,
está dispuesto y tiene la disposición para algo y esta destreza es,
propiamente el modo específico del poder servir el utensilio.
En este análisis lo decisivo consiste en
que, si bien la pluma como utensilio está "dispuesta para escribir", sin embargo no es "capaz de
escribir"; “El utensilio ofrece la posibilidad del servir para…, tiene en
cada caso una disposición determinada para…, que se fundamenta en una
terminación. La pluma, e igualmente todo utensilio, si es, es esencialmente
algo dispuesto, y eso significa dispuesto para escribir. (…) La pluma como
utensilio está dispuesta para escribir, pero no tiene ninguna capacidad de
escribir” (Heidegger, 2007: 271-272). Mientras que el utensilio está orientado a una
disposición, el órgano tiene en cada
caso una capacidad. La posibilidad
que el utensilio tiene, es distinta de la posibilidad, del poder que se
atribuye a una capacidad: “el utensilio es de una disposición. El órgano
tiene-así lo afirmamos- en cada caso una capacidad” (ibíd.) Ahora bien, decimos
que los órganos tienen capacidades en tanto que pertenecientes al organismo, en
esa medida, el órgano, estrictamente, no tiene capacidades, es el organismo el
que las tiene. Es posible ahora entender por qué los órganos no son añadidos o
incorporados a la capacidad, sino que más bien, “el órgano es una posesión
de una capacidad. En ello, el que posee es la capacidad, no el órgano. El
ser- capaz se proporciona órganos, no es que los órganos estén provistos de
capacidades o siquiera de disposiciones” (Heidegger, 2007, 273).
Como ya mencionamos, órgano y útil
comparten la posibilidad del “ser-para”. Este rasgo indica, en cierto
modo, su utilidad, pero hay una diferencia decisiva que Heidegger explicitará; “la diferencia (...) consiste en el carácter
de la utilidad misma, y no en aquello para lo que sirven” (Heidegger, 271). El
útil sólo está dispuesto cuando ha alcanzado su utilidad; por el contrario, el
órgano siempre está al servicio. En este sentido, disposición y capacidad corresponden al útil y al órgano
respectivamente. Ahora, la capacidad es originariamente servicial, esto es, en
tanto que determinada por su carácter impulsivo, direccional, está siempre de
camino, de manera que el órgano, surgido sólo por la capacidad, y relacionado
con ésta, es puesto en servicio; “las realizaciones posibles de lo tomado a
servicio por ejemplo del órgano, en tanto que realizaciones sólo pueden
concebirse y sólo pueden preguntar por ellas a partir de la capacidad originalmente
servicial” (Heidegger, 281). En pocas palabras, aquello que hace que un órgano
sea específicamente ojo, es la capacidad de ver; “las realizaciones y el
carácter de órgano del ojo de la abeja hay que determinarlos, y por tanto
concebirlos, a partir de la capacidad de ver específica de la abeja”
(Heidegger, 282.)
En la lección inaugural para la cátedra
de “Andrew D. White Professor- at- large” Derrida, lee un texto al que denomina
“Las pupilas de la universidad” en el que, con la pretensión de esclarecer la
necesidad de hablar de la universidad y, además, de cómo no hablar de ella, el
filósofo francés parte de lo que sería la “razón de ser” de dicha institución.
Una de las implicaciones que trae un tipo de consideración como ésta, es, entre
otras, la necesidad de aludir a la destinación misma de la universidad,
en pocas palabras, lo que Derrida explicita como el “¿por qué?” Y más aún el “¿con
vistas a qué?”. Lo que nos interesa de la propuesta de Derrida es la
lectura que hace de Aristóteles y que, además, la hace, puede decirse, en clave
heideggeriana, al respecto de lo que este filósofo griego estudia sobre el ojo
y la visión de las abejas. Aristóteles,
señala Derrida, “distingue al hombre de los animales de ojos duros y secos (tôn
skleropthalmôn), aquellos que carecen de párpados (ta blephara), esa
especie de élitro o de membrana tegumentaria (phragma) que sirve para
proteger el ojo y que le permite, a intervalos regulares, encerrarse en la
noche del pensamiento interior o del sueño. Lo terrorífico del animal de ojos
duros y de mirada seca es que ve todo el tiempo. El hombre puede bajar el
fragma, regular el diafragma, limitar la vista para oír mejor, recordar y
aprender” (Derrida, 64).
La pertinencia de esta alusión estriba
en la “introducción” que hace Heidegger al modo de ver de la abeja. Ya hemos
dicho que la aproximación que se está llevando a acabo no puede ser en ningún
caso desde la perspectiva humana, es decir, no es posible hacer una
transposición de, en este caso específico, lo que ve el hombre que tiene ojos,
y de lo que ve la abeja que también los tiene. De que los dos tengan ojos no se
sigue necesariamente que ambos ven lo mismo, más aun, ni siquiera se puede
deducir que los dos tipos de ojos efectivamente ven. Heidegger pretende
entonces presentar los diferentes aspectos que harían parte de ese modo
específico en el que aquello que el órgano realiza se toma al servicio del
poder ver, ese modo característico del “ver” de la abeja. Efectivamente,
Heidegger aludirá a ciertos aspectos anatómicos del ojo de la abeja, según los
cuales, éste carece de pupila y de cristalino, ¿cuál es la necesidad de hacer
este tipo de indicaciones? Cabe recordar que el iris corresponde a una porción
de lo que se conoce como túnica vascular del ojo, de manera que forma un
diafragma contráctil delante del cristalino al que cubre, en mayor o en menor
medida, dependiendo de su dilatación. Por su parte el cristalino, es una
especie de lente biconvexo que, situado detrás del iris y delante del humor
vítreo, debe enfocar objetos situados a diferentes distancias. En pocas
palabras y desde Derrida, este animal “ve” todo el tiempo, ¿sueña entonces la
abeja?.
Me detengo un momento en esta cuestión
que será retomada más adelante y, siguiendo a Heidegger intentaremos comprender
qué es propiamente lo que ve la
abeja, aunque ahora un nuevo animal aparece en escena para
“acompañar” la reflexión y para hacer patente la dificultad de la cuestión; “En
el ojo de la luciérnaga se ha logrado observar, es más, incluso fotografiar, la
imagen de la retina que surge en el ver de la luciérnaga. Se observó la imagen
de la retina de una luciérnaga que estaba mirando por una ventana. La
fotografía reproduce con relativa claridad la visión de una ventana y del marco
de la ventana y de la cruceta de la ventana, la letra mayúscula “R” pegada en
el cristal, y en contornos muy indeterminados incluso la visión de la torre de
la iglesia que es visible a través de la ventana. Esta visión la ofrece la
retina de la luciérnaga que mira por la ventana” (Heidegger, 282).
El problema que tenemos frente a una imagen
como ésta es si a partir de ella podemos deducir qué ve la luciérnaga.
En primer lugar, resulta imposible llevar
cabo dicha deducción debido a que como ya hemos venido diciendo, a
partir de las realizaciones del ojo (órgano) no podemos determinar la capacidad
de ver ni el modo como lo que el órgano realiza se toma al servicio del poder
ver. Además, en tanto que el órgano y toda parte orgánica de éste está
determinado, en tanto que realización, por estar puesto al servicio de la
capacidad de ver de la abeja o de la luciérnaga, está introducido, por la
capacidad misma entre el medio circundante que el animal ve y no como
independiente de él. Hemos dicho ya que el impulso, en tanto que es un
direccionar, determina a la capacidad en tanto que servicial y, de esta manera
posibilita la realización de la misma. Este carácter de servicio es
determinante para la capacidad en la medida en que le pertenece, por eso, “los
órganos no están presentes en el animal, sino que están al servicio de
capacidades” (Heidegger, 283). Lo que necesitamos entonces es, por un lado, dar
claridad en lo referente al medio circundante del animal y, por otro lado,
determinar además cómo ve lo que ve el insecto con el fin de que,
a partir de esto, sea posible establecer la diferencia entre el poder ver del
hombre que posee un carácter de posibilidad totalmente distinto y el poder ver del animal que es una
capacidad.
Es preciso, entonces, dar el paso del órgano, sin más, es decir, de
la comprensión de éste a la comprensión de la esencia del organismo, pero, no
deduciendo de lo conocido (órgano) el organismo mismo. Sabemos que en la
interpretación de lo que sería la esencia del órgano comprendemos además de
forma conjunta y previamente al
organismo, pero, si el trabajo de esclarecimiento no operará a manera de
deducción, debemos entonces indagar más profundamente la esencia de la
capacidad, su carácter de impulso y de servicio. El impulso es, al parecer, una especie de
avanzarse hacia el “para qué”, dice Hedegger- hacía sí mismo. “Ser
capaz: en él se encierra este “a sí hacía sí mismo”. Ya topamos con este sí
mismo cuando mencionamos lo peculiar del organismo frente a la máquina: auto-generación,
auto- conducción, auto- renovación, y al fin y al cabo también
está expresado en el conocido concepto de auto-conservación” (Heidegger,
284). Sin embargo, de la misma forma se rechazó la concepción del “sí mismo”
como entelequia o yoidad. El punto estriba en que la capacidad tiene un
carácter ineludible de mismidad en tanto que está caracterizada por su
impulsivo avanzar-se- hacia-sí-misma, siendo entonces propia de sí que no es en
ningún caso un volverse reflexivo hacia ella misma. La peculiaridad de la
capacidad consiste entonces en este carácter de “propiedad” que no
necesariamente es reflexiva. En el caso del animal la peculiaridad es un
ocuparse de la capacidad de ella misma en tanto que modo de ser que, de nuevo,
es propio de él.
El animal es una unidad en tanto que “es
capaz de..”, es decir, el hecho de que el animal tenga varias capacidades
da cuenta de que ellas son sólo en la unidad del organismo, por eso es que
podemos afirmar que el animal está organizado, en tanto que capacitado; “Eso
quiere decir que su ser es poder, concretamente poder articularse en
capacidades, es decir, en modos del impulsivo y servicial permanecer propio de
sí. A su vez, estas capacidades tienen la posibilidad de hacer que de ellas
surjan órganos. Este estar capacitado que se articula en capacidades que
crean órganos caracteriza al organismo en cuanto tal” (Heidegger,
286). El modo de ser peculiar del animal es precisamente, peculiaridad
capacitada que crea órganos. Debemos aclarar que el animal es en
cuanto tal y esta afirmación implica que efectivamente el animal realiza
capacidades en ese modo de ser real, que, como veremos más adelante es
radicalmente distinto a, por un lado la posibilidad en el sentido de lo humano,
y, por otro, a la realidad del mismo. En este punto hablamos simplemente de que
las posibilidades del animal están determinadas por la esencia del ser capaz en
tanto que forman parte de ésta.
Ver no es simplemente una sucesión de
acontecimientos, si procedemos a comprender de esta forma el ver de la luciérnaga
reduciremos el problema hasta el punto en que se nos pierda lo específico de
ese ver. Podríamos decir que la luciérnaga que está del otro lado de la ventana
y que se mueve “como buscando” la ranura de la ventana se conduce frente,
con respecto al hombre (planteando una nueva situación) que la persigue
para sacarla del recinto. Entonces, el ser capaz de la luciérnaga es un
ser capaz de conducta, de la huída, es decir, de un tipo específico de hacer
que está caracterizado por el impulso, en otras palabras, que está impulsado
por lo impulsivo. El ser capaz como
poder ser del animal es, entonces, ser capaz de conducta. Por el contrario el hombre se conduce bien o
mal sólo en la medida en que no es conducta sino más bien comportamiento.
En el caso del animal, debe aclararse, no refiere al animal en su mera
posibilidad, sino que la realidad del animal es en sí misma un ser capaz de…
“El impulso del animal no desaparece cuando el animal se mantiene en un hacer,
sino que lo que lo impulsivo es lo es justamente en su hacer” (Heidegger, 290).
Así las cosas, por un lado, la
capacidad, hemos dicho, es un estar capacitado, es un hacer, en tanto que
impulsado que a su vez implica una especie de “sí mismo” en tanto que es un
retenerse de la capacidad, un permanecer en sí, y dijimos que en esto consiste
propiamente su peculiaridad, ahora es precisamente por eso, que en la conducta
del animal hay un retenerse que se cautiva a sí; “La conducta como modo de ser
en general sólo es posible en función del estar cautivado en sí del
animal. El estar-consigo específicamente del animal, que no tiene nada
que ver con una mismidad del hombre que se comporta en tanto que persona, este
estar cautivado en sí del animal, en el que es posible toda conducta, lo designamos
perturbamiento. Sólo en tanto que el animal está perturbado conforme a
su esencia, puede conducirse” (Heidegger, 291). El animal, entonces, se conduce
siempre en un medio circundante y no en un mundo. En tanto que el
perturbamiento es un momento esencial de la animalidad, es la estructura
esencial de ese ente donde siempre encontramos el modo de ser predominante de
la conducta. El perturbamiento es la
interna posibilidad del propio ser animal, es la condición de posibilidad de la
conducta en cuanto tal.
Pero, ¿de qué manera en el ver de la
luciérnaga se manifiesta el perturbamiento? Heidegger afirma que, “el ser capaz
de…, en tanto que respectivo ser capaz de esta o aquella conducta, impulsa y es
movido por la conducta misma. Eso significa que la conducta en cuanto tal es un
ser impulsado hacía, y eso significa, a la vez, un ser alejado de. Dicho
en general, el ver, oír, prender, son en sí un estar referido a… (…) el
ver es el ver de lo visto” (2007, 292). Se trata entonces ahora, para
comprender lo dicho, de entender qué tipo de referencia se encierra en una
conducta de manera que podamos esclarecer cómo en esa referencia del animal que
ve se muestra la diferencia con el comportamiento del hombre con respecto de
las cosas.
3.
El porqué Jose Miel nunca encontró a su mamá.
En las tres páginas en donde Heidegger
expone cuidadosamente, detalladamente, lo que podríamos denominar las muchas
conductas de la abeja en unas condiciones determinadas y posibles, el filósofo
comienza a escudriñar propiamente en el volar (como un modo de la posible
conducta de la abeja) y en el orientarse de ésta misma, con el fin de
establecer eso que “vería” la luciérnaga, entre otras cosas, y de cómo el
perturbamiento se hace manifiesto ahí como esencia de la animalidad.
No reconstruiré de nuevo el ejemplo, no
sólo por su extensión, sino porque estamos todos ya puestos en situación por la
lectura previa que supone nuestro encuentro. Sin embargo, extraeré elementos
que considero importantes para esclarecer la cuestión que acabamos de afirmar,
es indispensable en el proceder de Heidegger en este punto.
El dirigido hacia… que supone el volar
como modo posible de la conducta de la abeja, está impulsado, por un lado, por
la búsqueda de alimento y, por otro por el almacenamiento característico que
llevan acabo las abejas. La abeja entonces vuela hacia la flor o hacía el trébol y, habiendo encontrado
una gota de miel liba, posteriormente deja de libar y, al final, se aleja
volando. Este tipo de conducta de la abeja no está determinada en ningún caso
por la constatación de la miel, en un primer momento como dada y
posteriormente como agotada. El
“encuentro” de la abeja con la miel está condicionado por un estar impulsado
previo que provocó un movimiento concomitante hacia la comida en donde
entonces está simplemente absorta, de manera que no hay posibilidad alguna de
constatación de ese estar presente.
En este caso particular, el
saciamiento, “es un modo totalmente determinado del ser impulsado, es decir una
determinada inhibición de aquél, pero un estar inhibido que no se refiere a
aquello a lo que se refiere el hacer en tanto que libar” (2007, 295). El ser
impulsado del estar capacitado se reconduce entonces a otro impulso, de manera
que, podemos decir el hacer es en sí mismo una conducta que no niega el que
efectivamente haya un hacía o un referirse
a…, pero que, por el contrario, sí imposibilita el que se dé un orientase
constatador hacia la miel en tanto que miel, presente. Hay un
perturbamiento que está referido y los impulsos se están, en esa medida,
reconduciendo continuamente y estableciendo así conductas completamente
perturbadas y modos diversos de dicho estar perturbado. Ahora, la
pregunta por el orientarse hace que indaguemos por la posible relación que el
animal establecería con respecto del espacio, de manera que podría establecer
una diferenciación de regiones y lugares en ese espacio de vuelo. De
hecho se ha podido observar que la abeja regresa volando a la colmena y por tanto que hay una capacidad
de regreso.
A
pesar de que el sol intervenga en ese vuelo de regreso a la colmena, la abeja
no establece una relación con respecto del sol, en tanto que sol, dice Heidegger: “La abeja está
simplemente abandonada al sol y a la duración del vuelo de ida, sin
captar tal cosa como tal, y sin utilizar lo captado para reflexiones. Está
abandonada a ello sólo porque está impulsada por el impulso de buscar comida.
En tanto que está impulsada está perturbada por lo que el sol ocasiona en ella.
Este ser impulsado por la orientación está y permanece emplazado dentro del
impulso fundamental de la búsqueda de comida, junto con el impulso de regreso a
casa” (Heidegger, 300). Efectivamente,
el perturbamiento se comprende ahora con dos componentes fundamentales;
es una esencial sustracción de toda percepción de algo en tanto que algo, y, en esa medida, por la misma sustracción se da un ser absorbido por… Al animal le es, en
tanto que perturbado, sustraída la posibilidad, por eso está entorpecido para
comportarse respecto del sol, la colmena, la miel, etc., en tanto que tales o
cuales cosas o entes presentes. Eso es lo que permite precisamente que el animal
sea absorbido completamente y no, a la manera de un hechizo, sino más bien como
lo que posibilita la reconducción continua y puramente impulsiva de ser
impulsado hacia los impulsos respectivos.
Es, propiamente de esa manera en la que se traza un campo de juego de la
propia conducta, campo en el que lo presente no está abierto pero tampoco
cerrado: “el perturbamiento esa por fuera de esa posibilidad. No podemos decir:
el ente le está cerrado al animal. Eso sólo podría ser si hubiera alguna
posibilidad de la apertura, por muy pequeña que fuera, mientras que el
perturbamiento del animal pone al animal esencialmente fuera de la posibilidad
de que lo ente sea para él, ni como abierto ni como cerrado”(Heidegger, 301). Y sigue:
“Que el perturbamiento sea la esencia de la animalidad significa: el
animal no está en cuanto tal en una manifestabilidad de lo ente. Ni lo que se
da en llamar su medio circundante ni él mismo están manifiestos en tanto que
ente” (ibíd). El animal se encuentra de esta manera siempre agitado y
pendiendo entre sí mismo y el medio
circundante, sin que experimente ni lo uno ni lo otro en tanto que ente.
4. Guiño
“Abrir el ojo para saber, cerrar el ojo o, al menos, escuchar para
saber aprender, y para aprender a saber: es un primer esbozo del animal
racional” (Derrida)
Podemos ahora, a manera de una breve recapitulación que no
pretende ser del todo conclusiva, debido a que el análisis continúa con nuevas
dificultades, vincular ciertos elementos que fueron mencionados y que merecen
un poco de desarrollo. Decíamos con Derrida que lo terrorífico del animal de
ojos duros, de mirada seca, añadimos, que carecen de iris y de cristalino, es
que ven todo el tiempo, ahora, después del análisis realizado podemos decir que
en tanto que ven todo el tiempo, propiamente no ven, esto es, la abeja, la
luciérnaga en tanto que no pueden cerrar los ojos no pueden retraerse del
entorno en el que entonces están absortos, no pueden encerrarse en lo que
Derrida refiere como “la noche del pensamiento interior o del sueño”. La abeja
no puede soñar, la abeja está, como diría Rilke, viendo con todos sus ojos lo
abierto… añadiríamos, lo abierto y vacío pero con flores en constante eclosión;
Con todos los ojos ve la criatura
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio volteamos al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte. Sólo nosotros la vemos;
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia afuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes —si no estuviera el otro,
que obstruye la vista— se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar en frente y nada más que eso,
y siempre en frente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y a sí mismo
en el todo, y salvado para siempre. (octava elegía, Rainer María Rilke)
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio volteamos al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte. Sólo nosotros la vemos;
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia afuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes —si no estuviera el otro,
que obstruye la vista— se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar en frente y nada más que eso,
y siempre en frente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y a sí mismo
en el todo, y salvado para siempre. (octava elegía, Rainer María Rilke)

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