venerdì 27 aprile 2012

La presencia debajo del nombre: la posibilidad de una política del Aqueronte



“Los muertos hablan más pero al oído,
y los vivos son mano tibia y techo,
suma de lo ganado y lo perdido.

Así un día en la barca de la sombra,
de tanta ausencia abrigará mi pecho
esta antigua ternura que los nombra”.
Julio Cortázar

“Solo un instante, una coma, separa la vida de la muerte...... Es una coma, una pausa...”
John Donne

“El tiempo tiene formas y sombras que se ven
aquel, en el ruedo del mundo es el tiempo por venir.
Un recuerdo adelantado de cosas que serán borradas,
destruidas  si no te enfrentas a ellas,
las tomas en tus manos, les das forma con tu alma,
las haces sonar con tu voz.
Entonces el tiempo se vuelve el compañero de la luz
Y deja de ser el enemigo de los sueños”.
Bradbury



“Oh, amigos míos, no hay ningún amigo” esta frase, que como diremos más adelante, está estrechamente vinculada con la muerte, el fantasma y la ausencia, es, por eso mismo una frase que tiene, tal vez el carácter de murmullo. Un susurro se escapa de los labios de la nostalgia, pero quizá también de la esperanza, habrá que cavar un poco más hondo para descubrir de qué se trata. Sin embargo este silencio zaherido por el suspiro elocuente es testamentario, anuncia la ausencia, la presencia sólo del fantasma, la permanencia de la más radical partida.
                                                                                                                                                          
La pausa, el contratiempo mismo refiere a la imposibilidad de articulación de dos tiempos en tanto que contrarios, es una especie de melodía que modifica el orden normal de los tiempos, y de los miembros disyuntos. Sin embargo, los dos momentos se hacen manifiestos en un único tiempo, instantes del presente mismo; “aparecen juntos, comparecen, en el presente: se presentan como de un solo trazo, de un solo aliento, en el mismo presente, en el presente mismo” (p, 17). Es, al parecer, una vieja melodía cantada por una voz suave de nuevo en el presente. Un canto sutil que a manera de testamento nos llega como una herencia ilegítima. ¿por quién nos llega? ¿de qué tipo es este legado? La atribución de la cita podría ser resultado de un rumor constituido como opinión pública, una voz en muchas voces, un nombre que nunca quiso firmar, “una filiación renombrada, un origen sobrenombrado de esta manera parece en verdad que se pierde en el anonimato infinito de una noche de los tiempos” (p, 18).

Es un legado, que pasando por entre tantas voces, parece hablar de la amistad, de una verdadera y a la que corresponden, en esa medida, tan sólo unos pocos. Escasos nombres que se renombran, que dicen la amistad legendaria y entonces a los que la tradición entera cita, reconociendo en esos nombres tantas veces dichos, la herencia luminosa y gloriosa.  

Decíamos más arriba que este susurro carga con un fuerte tono testamentario y hablamos también de la posibilidad de que resguardara a su vez la esperanza. ¿cómo es esto posible? ¿de qué manera esta voz tenue que se esconde debajo de un nombre muchas veces renombrado cobija la muerte y, a la vez el porvenir y la esperanza? La amistad, en tanto que ejemplar, no sólo brilla por sí misma, sino también ilumina y gesta un proyecto que, anticipándose al por-venir, trasciende la muerte, va más allá de ella.  Un nombre entonces permanece ahora en el abismo infinito de la ausencia y de la presencia, de la vida y de la muerte. La amistad promete la superación de la muerte, la eterna presencia de un nombre, la permanencia espectral de una voz que con cada repetición adquirirá un nuevo color, pero siempre el mismo nombre. La amistad ejemplar, el yo mismo ideal, lo mismo mejor, la repetición de lo único en la copia. Eco y Narciso están juntos por fin, el reflejo y la repetición, la inmortalidad se proyecta como promesa de la amistad; “más allá de la muerte, el porvenir absoluto recibe así su luz extática, aparece tan sólo a partir de ese narcisismo y según cierta lógica de lo mismo” (p, 20).

El apóstrofe «Oh, amigos míos, no hay ningún amigo» dice la muerte de los amigos. La dice en su «contradicción realizativa» (no debería uno poder dirigirse a amigos llamándolos amigos para decirles que no hay amigos, etc.). La frase se dirige a la memoria pero nos viene también de la memoria, y de memoria, pues la frase que solía usar Aristóteles Montaigne la cita, como otros antes de él, la recita de memoria, allí donde ningún documento literal atestigua el acontecimiento: “La amistad, la ciceroniana sería la posibilidad de citarme a mí mismo, ejemplarmente, firmando por anticipado la oración fúnebre, la mejor, quizá, pero esto no es nunca seguro, que pronunciará de pie el amigo cuando yo no esté ya de pie” (p, 21).Esto no es otra cosa que la temporalidad abierta por la promesa de un acontecimiento anticipado, acontecimiento que no es otro más que la inmortalidad, la fuga a la muerte en la permanencia en el nombre que nombra al fantasma. Pero, ¿quién o qué es el amigo?

La muerte de los amigos, decíamos más arriba, y la memoria y el testamento. Recordemos para empezar que la cadena de esta cita de citas («Oh, amigos míos, no hay ningún amigo») despliega la herencia de un inmenso rumor que ha atravesado tiempos y nuevas voces: Cicerón, Aristóteles, Montaigne, y quizás muchos más. ¿Podemos entonces ahora, pensar la amistad desde lo político? ¿de qué manera escapa a la reducción política y sin embargo, sigue siendo política aunque una “otra” política?

Cabe pensar ahora el límite y el salto, la frontera donde el amor y la amistad parecen coincidir, hay que pensar ahora la voz pasiva y la activa, el amar o el ser amado, hay que pensar pues, la amancia.  Decir que es necesario hablar al respecto de la amancia, y hacerlo, sobre todo, después de haber “situado” la amistad en el terreno del nombre que trasciende la muerte y que a la vez la prefigura, implica entonces vincular la muerte y el amor, esto es, en el acto, la muerte se anuncia, en él se transporta y lo hace, como dice Derrida, en un solo trazo.

Ya sugerimos más arriba el ámbito de lo político y ahora de nuevo se hace presente cuando pretendemos configurar, no sólo qué es la amistad, sino quién es el amigo, y lo hacemos, siguiendo a Derrida, pasando la frontera que hay entre el amor y la amistad. Aristóteles afirma que a la amistad le conviene amar antes que ser amado y esto es así porque es la forma de conducirse de acuerdo a lo justo, a las determinaciones de lo justo. Y, a su vez, se afirma que la tarea de la política es la de hacer posible la mayor amistad posible. Hacer posible, hemos dicho, ¿es acaso una cuestión que, en tanto que calculable sea efectuable?

Ahora bien, amar, entendido como acto más bien que como situación (a lo que correspondería el ser amado como estado o pasión) es, al parecer el más propio de la amistad. La amistad misma implica por sí misma el acto y la actividad “realmente hace falta que alguien ame para saber qué quiere decir amar, y después, y sólo entonces, ser amado” (p, 25). En esta medida podemos también afirmar que es amigo quien ama antes de ser aquel al que se ama. El orden es así claro: debe partirse entonces del amigo-amante, antes que del amigo-amado. No es posible amar sin saber que se ama, sin embargo es posible ser amado y permanecer en la ignorancia. No es nunca un secreto para aquel que ama el amor que profesa, es declarado así sea en silencio desde el momento mismo de su nacimiento. Ser amado, en contraposición, es al respecto de la amistad un accidente, puede, incluso, no saber ni hacer nada al respecto de la amistad en tanto que puede desconocerlo todo al respecto de ella misma: “Si nos fijásemos aquí de las categorías de sujeto y de objeto, diríamos en esta lógica que la amistad es primeramente accesible por el lado de su sujeto , que la pi8ensa y la vive, no por el lado de su objeto, que puede ser amado o amable sin relacionarse de ninguna manera con el sentimiento del que resulta ser precisamente su objeto” (p, 26). La vida será entonces un asunto que le corresponde casi que exclusivamente a aquel que ama, justamente porque es posible amar a un muerto o un objeto que pertenezca al género de lo no-viviente. Habría entonces una inconmensurabilidad entre el amante y el amado, inconmensurabilidad que desbordará cualquier tipo de cálculo. ¿qué sucede entonces con uno de los preceptos más fuertes que hay en lo relativo a la amistad, a saber, la reciprocidad? Al parecer es preferible amar por encima de ser amado. Podemos decir, incluso si es posible la simultaneidad de las dos experiencias, no se modifica ni se ve afectada la tesis que hemos venido bosquejando hasta ahora en lo relativo a las dos experiencias distintas de estas dos relaciones; “conocer no significará nunca, para un ser finito, ser conocido; ni amar ser amado. Se puede amar, ser amado, o amable, pero primero hay que saber amar y saber lo que quiere decir amar amando” (p, 28).  De hecho, un poco más adelante y aludiendo a Aristóteles, podría incluso considerarse egoísta preferir ser amado a amar. La renuncia a ser amado es entonces una clara renuncia a la reciprocidad.

Ahora bien, ¿cómo damos el paso a la muerte? Justamente si la primacía se otorga al acto de amar, y este acto se lleva a cabo con vistas al amar como tal, es posible entonces amar a los muertos, de manera tal que la posibilidad del amor es llevada hasta el límite de su posibilidad. “Pero al mismo tiempo pone al desnudo el resorte último de esta posibilidad: no podría amar con amistad sin proyectar su impulso hacia el horizonte de esa muerte” (p, 29) la amistad se compromete entonces a amar al otro más allá de la muerte. Es la anticipación y la promesa, anticipación de la muerte, la promesa del compromiso, la esperanza fundada en el amor, en el acto y en el traspaso del límite. El goce está vinculado de nuevo a la acción, a amar y no a ser sin más amado. La sobrevivencia de esta acción es, de esta manera, un salto desde el umbral del acto hacia la posibilidad de que el objeto de ese sentimiento esté muerto.

Podemos decir entonces, que, a pesar de todo, la reciprocidad inherente a la concepción de la amistad es rescatada sólo en la medida en que en la promesa y en la anticipación la disimetría se reparta, se pliegue, es decir, sólo se sobrevive al amigo en tanto en cuanto éste lleve ya mi propia muerte, en tanto que éste la expropie de mí. Sobrevivo de esta manera al duelo, ineludible en tanto que su posibilidad se manifiesta punzante en su misma virtualidad. La palabra hace presente lo que ha de venir, justamente hace presente a la experiencia inaudita del quizá, el pensamiento del posible acontecimiento. Se llora la muerte antes de la muerte y ésta condición es el aliento mismo de la amistad, el extremo de su posibilidad y su condición de posibilidad. La frase habla de ella misma, se lanza, se precipita o se precede como si su fin viniese antes del fin. Este tipo de temporalidad se sustrae y sólo llega al desaparecer, es la exigencia del tiempo cuando se pasa a través de él. Ahora bien, el tiempo se sustrae en su repetición, en la novedad de un contratiempo que de nuevo, como una melodía que interrumpe trae de nuevo; “el re-comenzar, la re-novación, la repetición indefinida del instante inaugural, siempre de nuevo, nuevamente, lo nuevo en la reiteración” (p, 31). El contratiempo es la distancia entre el presente y la presencia. No quiere, sin embargo, decir esto que el compromiso, la confianza y la creencia de la amistad sean ellos mismos anacrónicos; “el compromiso en la amistad toma tiempo, da tiempo porque lleva más allá del instante presente, y guarda la memoria al igual que anticipa. Da y toma tiempo porque sobrevive al presente vivo. La paradoja de esta supervivencia en duelo se concentra en el valor tan ambiguo de estabilidad, de constancia o de firme permanencia que Aristóteles asocia regularmente al de creencia o de confianza” (p, 32). No obstante, la amistad se sustrae también del tiempo y sólo porque lo hace en la anticipación abre la experiencia del tiempo mismo. Se convierte entonces en un presente en tanto que “eternidad” por la conjunción misma de la amistad, la confianza y la certeza estable. De manera que para amar la amistad no basta con saber llevar al otro en el duelo, hay que amar el porvenir. Y no hay categoría más justa para el porvenir que la del «quizá». Tal pensamiento conjuga la amistad, el porvenir y el quizá para abrirse a la venida de lo que viene, es decir, necesariamente bajo el régimen de un posible cuya posibilitación debe triunfar sobre lo imposible. No es entonces un programa o un despliegue sin acontecimiento, ni sin tiempo; “sólo la amistad primera es estable, pues implica la decisión y la reflexión, a saber, algo que pide siempre tiempo. (…) Esta estabilidad no dada, no natural, no espontánea, resulta pues, una estabilización” (p, 32). 

“Oh, amigos míos, no hay amigos”…el círculo produce quizá porvenir, es esto de lo que habría que tomar nota, por imposible que parezca. Como eso ocurre a cada instante, el fin comienza, la frase comienza por el fin. Velocidad infinita o nula, economía absoluta, pues la flecha lleva en ella misma su destino, e implica de antemano, en su legibilidad misma, la firma del destinatario. Es tanto como decir que se retira al penetrar en el espacio. Basta oír. Avanza al revés, se adelanta a ella misma invirtiéndose, se toma la delantera a ella misma.

Más arriba dijimos que amar era preferible a ser amado, de la misma forma Aristóteles preferirá los amigos a la amistad y a éstos, a algunos, unos cuantos, se los preferirá en una especie de cálculo incalculable en razón del tiempo, que, como vimos, no está nunca desvinculado de la amistad; “no hay que tener demasiados amigos, puesto que nos faltaría el tiempo para ponerlos a prueba viviendo con cada uno” (p, 37). Y esto es así porque sólo es posible vivir con, vivir que estará determinado por la prueba, por el tiempo, la singularidad de cada uno. La amistad está pues determinada por un lazo de tiempo que se establece a su vez, por una jerarquización, una elección que será también siempre aritmética. Amar entonces no será posible en términos de los demasiados, de la muchedumbre, es posible amar en acto y, en esa medida es un ser activo, un estar efectivamente, no para esos “numerosos”; “no hay pertenencia o comunidad de amigos que esté presente, y ante todo presente a ella misma, en acto, sin elección o sin selección” (p, 39).  

La democracia es entonces posible sólo sobre una comunidad de amigos y sobre la base del respeto a la singularidad y la alteridad irreductibles, aunque suene contradictorio, aunque la frase parezca consumirse en una aporía en razón de la necesidad del cálculo, la selección y la jerarquización, del otro como completamente otro. Una política desde la amistad, una “otra” política que comprende la amistad desde una nueva óptica, una política, que, de ser posible, debe estar vinculada a la virtud en tanto que ésta no es posible sin la tragedia del número y de la disimetría, es una política que debe tener el reverso del poder o del deber ser amigo de sí; “Una archi-amistad se inscribiría en el sello mismo del testamento. Y apelaría a la última palabra de la última voluntad. Pero, hay por anticipado, esa archi-amistad la arrastraría consigo también. Y no sería extraña ni la otra justicia ni a la otra política cuya posibilidad querríamos dejar aquí que se anuncie, quizá. A través, quizá, de otra experiencia de lo posible” (p, 42). 

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