“Los
muertos hablan más pero al oído,
y los vivos son mano tibia y techo,
suma de lo ganado y lo perdido.
Así un día en la barca de la sombra,
de tanta ausencia abrigará mi pecho
esta antigua ternura que los nombra”.
y los vivos son mano tibia y techo,
suma de lo ganado y lo perdido.
Así un día en la barca de la sombra,
de tanta ausencia abrigará mi pecho
esta antigua ternura que los nombra”.
Julio
Cortázar
“Solo
un instante, una coma, separa la vida de la muerte...... Es una coma, una
pausa...”
John Donne
“El
tiempo tiene formas y sombras que se ven
aquel,
en el ruedo del mundo es el tiempo por venir.
Un
recuerdo adelantado de cosas que serán borradas,
destruidas si no te enfrentas a ellas,
las
tomas en tus manos, les das forma con tu alma,
las
haces sonar con tu voz.
Entonces
el tiempo se vuelve el compañero de la luz
Y
deja de ser el enemigo de los sueños”.
Bradbury
“Oh, amigos míos, no hay ningún
amigo” esta frase, que como diremos más adelante, está estrechamente vinculada
con la muerte, el fantasma y la ausencia, es, por eso mismo una frase que
tiene, tal vez el carácter de murmullo. Un susurro se escapa de los labios de
la nostalgia, pero quizá también de la esperanza, habrá que cavar un poco más
hondo para descubrir de qué se trata. Sin embargo este silencio zaherido por el
suspiro elocuente es testamentario, anuncia la ausencia, la presencia sólo del
fantasma, la permanencia de la más radical partida.
La pausa, el contratiempo mismo refiere a la
imposibilidad de articulación de dos tiempos en tanto que contrarios, es una
especie de melodía que modifica el orden normal de los tiempos, y de los
miembros disyuntos. Sin embargo, los dos momentos se hacen manifiestos en un
único tiempo, instantes del presente mismo; “aparecen juntos, comparecen, en el
presente: se presentan como de un solo trazo, de un solo aliento, en el mismo
presente, en el presente mismo” (p, 17). Es, al parecer, una vieja melodía
cantada por una voz suave de nuevo en el presente. Un canto sutil que a manera
de testamento nos llega como una herencia ilegítima. ¿por quién nos llega? ¿de
qué tipo es este legado? La atribución de la cita podría ser resultado de un
rumor constituido como opinión pública, una voz en muchas voces, un nombre que
nunca quiso firmar, “una filiación renombrada, un origen sobrenombrado de esta
manera parece en verdad que se pierde en el anonimato infinito de una noche de
los tiempos” (p, 18).
Es un legado, que pasando por entre tantas voces, parece
hablar de la amistad, de una verdadera y a la que corresponden, en esa medida,
tan sólo unos pocos. Escasos nombres que se renombran, que dicen la amistad
legendaria y entonces a los que la tradición entera cita, reconociendo en esos
nombres tantas veces dichos, la herencia luminosa y gloriosa.
Decíamos más arriba que este
susurro carga con un fuerte tono testamentario y hablamos también de la posibilidad
de que resguardara a su vez la esperanza. ¿cómo es esto posible? ¿de qué manera
esta voz tenue que se esconde debajo de un nombre muchas veces renombrado
cobija la muerte y, a la vez el porvenir y la esperanza? La amistad, en tanto
que ejemplar, no sólo brilla por sí misma, sino también ilumina y gesta un
proyecto que, anticipándose al por-venir, trasciende la muerte, va más allá de
ella. Un nombre entonces permanece ahora
en el abismo infinito de la ausencia y de la presencia, de la vida y de la
muerte. La amistad promete la superación de la muerte, la eterna presencia de
un nombre, la permanencia espectral de una voz que con cada repetición
adquirirá un nuevo color, pero siempre el mismo nombre. La amistad ejemplar, el
yo mismo ideal, lo mismo mejor, la
repetición de lo único en la copia. Eco y Narciso están juntos por fin, el
reflejo y la repetición, la inmortalidad se proyecta como promesa de la
amistad; “más allá de la muerte, el porvenir absoluto recibe así su luz
extática, aparece tan sólo a partir
de ese narcisismo y según cierta lógica de lo mismo” (p, 20).
El apóstrofe «Oh, amigos míos, no hay ningún amigo» dice
la muerte de los amigos. La dice en su «contradicción realizativa» (no debería
uno poder dirigirse a amigos llamándolos amigos para decirles que no hay
amigos, etc.). La frase se dirige a la memoria pero nos viene también de la
memoria, y de memoria, pues la frase que solía usar Aristóteles Montaigne la
cita, como otros antes de él, la recita de memoria, allí donde ningún documento
literal atestigua el acontecimiento: “La amistad, la ciceroniana sería la
posibilidad de citarme a mí mismo, ejemplarmente, firmando por anticipado la
oración fúnebre, la mejor, quizá, pero esto no es nunca seguro, que pronunciará
de pie el amigo cuando yo no esté ya de pie” (p, 21).Esto no es otra cosa que la
temporalidad abierta por la promesa de un acontecimiento anticipado,
acontecimiento que no es otro más que la inmortalidad, la fuga a la muerte en
la permanencia en el nombre que nombra al fantasma. Pero, ¿quién o qué es el
amigo?
La muerte de los amigos, decíamos más arriba, y la
memoria y el testamento. Recordemos para empezar que la cadena de esta cita de
citas («Oh, amigos míos, no hay ningún amigo») despliega la herencia de un
inmenso rumor que ha atravesado tiempos y nuevas voces: Cicerón, Aristóteles,
Montaigne, y quizás muchos más. ¿Podemos entonces ahora, pensar la amistad
desde lo político? ¿de qué manera escapa a la reducción política y sin embargo,
sigue siendo política aunque una “otra” política?
Cabe pensar ahora el límite y el salto, la frontera
donde el amor y la amistad parecen coincidir, hay que pensar ahora la voz
pasiva y la activa, el amar o el ser amado, hay que pensar pues, la amancia. Decir que es necesario hablar al respecto de
la amancia, y hacerlo, sobre todo, después de haber “situado” la amistad en el
terreno del nombre que trasciende la muerte y que a la vez la prefigura,
implica entonces vincular la muerte y el amor, esto es, en el acto, la muerte
se anuncia, en él se transporta y lo hace, como dice Derrida, en un solo trazo.
Ya sugerimos más arriba el ámbito de lo político y ahora
de nuevo se hace presente cuando pretendemos configurar, no sólo qué es la
amistad, sino quién es el amigo, y lo hacemos, siguiendo a Derrida, pasando la
frontera que hay entre el amor y la amistad. Aristóteles afirma que a la
amistad le conviene amar antes que ser amado y esto es así porque es la forma
de conducirse de acuerdo a lo justo, a las determinaciones de lo justo. Y, a su
vez, se afirma que la tarea de la política es la de hacer posible la mayor
amistad posible. Hacer posible, hemos dicho, ¿es acaso una cuestión que, en
tanto que calculable sea efectuable?
Ahora bien, amar, entendido como acto más bien que como situación
(a lo que correspondería el ser amado como estado o pasión) es, al parecer el
más propio de la amistad. La amistad misma implica por sí misma el acto y la actividad “realmente hace falta que
alguien ame para saber qué quiere decir amar, y después, y sólo entonces, ser
amado” (p, 25). En esta medida podemos también afirmar que es amigo quien ama
antes de ser aquel al que se ama. El orden es así claro: debe partirse entonces
del amigo-amante, antes que del amigo-amado. No es posible amar sin saber que
se ama, sin embargo es posible ser amado y permanecer en la ignorancia. No es
nunca un secreto para aquel que ama el amor que profesa, es declarado así sea en silencio desde el
momento mismo de su nacimiento. Ser amado, en contraposición, es al respecto de
la amistad un accidente, puede, incluso, no saber ni hacer nada al respecto de
la amistad en tanto que puede desconocerlo todo al respecto de ella misma: “Si
nos fijásemos aquí de las categorías de sujeto y de objeto, diríamos en esta
lógica que la amistad es primeramente accesible por el lado de su sujeto , que
la pi8ensa y la vive, no por el lado de su objeto, que puede ser amado o amable
sin relacionarse de ninguna manera con el sentimiento del que resulta ser
precisamente su objeto” (p, 26). La vida será entonces un asunto que le
corresponde casi que exclusivamente a aquel que ama, justamente porque es
posible amar a un muerto o un objeto que pertenezca al género de lo no-viviente.
Habría entonces una inconmensurabilidad entre el amante y el amado,
inconmensurabilidad que desbordará cualquier tipo de cálculo. ¿qué sucede
entonces con uno de los preceptos más fuertes que hay en lo relativo a la
amistad, a saber, la reciprocidad? Al parecer es preferible amar por encima de
ser amado. Podemos decir, incluso si es posible la simultaneidad de las dos
experiencias, no se modifica ni se ve afectada la tesis que hemos venido
bosquejando hasta ahora en lo relativo a las dos experiencias distintas de
estas dos relaciones; “conocer no significará nunca, para un ser finito, ser
conocido; ni amar ser amado. Se puede amar, ser amado, o amable, pero primero
hay que saber amar y saber lo que quiere decir amar amando” (p, 28). De hecho, un poco más adelante y aludiendo a
Aristóteles, podría incluso considerarse egoísta preferir ser amado a amar. La
renuncia a ser amado es entonces una clara renuncia a la reciprocidad.
Ahora bien, ¿cómo damos el paso a la muerte? Justamente
si la primacía se otorga al acto de amar, y este acto se lleva a cabo con vistas
al amar como tal, es posible entonces amar a los muertos, de manera tal que la
posibilidad del amor es llevada hasta el límite de su posibilidad. “Pero al
mismo tiempo pone al desnudo el resorte último de esta posibilidad: no podría
amar con amistad sin proyectar su impulso hacia el horizonte de esa muerte” (p,
29) la amistad se compromete entonces a amar al otro más allá de la muerte. Es
la anticipación y la promesa, anticipación de la muerte, la promesa del
compromiso, la esperanza fundada en el amor, en el acto y en el traspaso del
límite. El goce está vinculado de nuevo a la acción, a amar y no a ser sin más
amado. La sobrevivencia de esta acción es, de esta manera, un salto desde el
umbral del acto hacia la posibilidad de que el objeto de ese sentimiento esté
muerto.
Podemos decir entonces, que, a pesar de todo, la
reciprocidad inherente a la concepción de la amistad es rescatada sólo en la
medida en que en la promesa y en la anticipación la disimetría se reparta, se
pliegue, es decir, sólo se sobrevive al amigo en tanto en cuanto éste lleve ya
mi propia muerte, en tanto que éste la expropie de mí. Sobrevivo de esta manera
al duelo, ineludible en tanto que su posibilidad se manifiesta punzante en su
misma virtualidad. La palabra hace presente lo que ha de venir, justamente hace
presente a la experiencia inaudita del quizá, el pensamiento del posible
acontecimiento. Se llora la muerte antes de la muerte y ésta condición es el
aliento mismo de la amistad, el extremo de su posibilidad y su condición de
posibilidad. La frase habla de ella misma, se lanza, se precipita o se precede
como si su fin viniese antes del fin. Este tipo de temporalidad se sustrae y
sólo llega al desaparecer, es la exigencia del tiempo cuando se pasa a través
de él. Ahora bien, el tiempo se sustrae en su repetición, en la novedad de un
contratiempo que de nuevo, como una melodía que interrumpe trae de nuevo; “el
re-comenzar, la re-novación, la repetición indefinida del instante inaugural,
siempre de nuevo, nuevamente, lo
nuevo en la reiteración” (p, 31). El contratiempo es la distancia entre el
presente y la presencia. No quiere, sin embargo, decir esto que el compromiso,
la confianza y la creencia de la amistad sean ellos mismos anacrónicos; “el
compromiso en la amistad toma tiempo, da tiempo porque lleva más allá del
instante presente, y guarda la memoria al igual que anticipa. Da y toma tiempo
porque sobrevive al presente vivo. La paradoja de esta supervivencia en duelo
se concentra en el valor tan ambiguo de estabilidad, de constancia o de firme
permanencia que Aristóteles asocia regularmente al de creencia o de confianza”
(p, 32). No obstante, la amistad se sustrae también del tiempo y sólo porque lo
hace en la anticipación abre la experiencia del tiempo mismo. Se convierte
entonces en un presente en tanto que “eternidad” por la conjunción misma de la
amistad, la confianza y la certeza estable. De manera que para amar la amistad
no basta con saber llevar al otro en el duelo, hay que amar el porvenir. Y no hay
categoría más justa para el porvenir que la del «quizá». Tal pensamiento
conjuga la amistad, el porvenir y el quizá para abrirse a la venida de lo que
viene, es decir, necesariamente bajo el régimen de un posible cuya
posibilitación debe triunfar sobre lo imposible. No es entonces un programa o
un despliegue sin acontecimiento, ni sin tiempo; “sólo la amistad primera es
estable, pues implica la decisión y la reflexión, a saber, algo que pide
siempre tiempo. (…) Esta estabilidad no dada, no natural, no espontánea,
resulta pues, una estabilización” (p,
32).
“Oh, amigos míos, no hay amigos”…el círculo produce
quizá porvenir, es esto de lo que habría que tomar nota, por imposible que
parezca. Como eso ocurre a cada instante, el fin comienza, la frase comienza
por el fin. Velocidad infinita o nula, economía absoluta, pues la flecha lleva
en ella misma su destino, e implica de antemano, en su legibilidad misma, la
firma del destinatario. Es tanto como decir que se retira al penetrar en el
espacio. Basta oír. Avanza al revés, se adelanta a ella misma invirtiéndose, se
toma la delantera a ella misma.
Más arriba dijimos que amar era preferible a ser amado,
de la misma forma Aristóteles preferirá los amigos a la amistad y a éstos, a
algunos, unos cuantos, se los preferirá en una especie de cálculo incalculable
en razón del tiempo, que, como vimos, no está nunca desvinculado de la amistad;
“no hay que tener demasiados amigos, puesto que nos faltaría el tiempo para
ponerlos a prueba viviendo con cada uno” (p, 37). Y esto es así porque sólo es
posible vivir con, vivir que estará
determinado por la prueba, por el tiempo, la singularidad de cada uno. La
amistad está pues determinada por un lazo de tiempo que se establece a su vez,
por una jerarquización, una elección que será también siempre aritmética. Amar
entonces no será posible en términos de los demasiados, de la muchedumbre, es
posible amar en acto y, en esa medida es un ser activo, un estar efectivamente,
no para esos “numerosos”; “no hay pertenencia o comunidad de amigos que esté
presente, y ante todo presente a ella misma, en acto, sin elección o sin
selección” (p, 39).
La democracia es entonces posible sólo sobre una
comunidad de amigos y sobre la base del respeto a la singularidad y la
alteridad irreductibles, aunque suene contradictorio, aunque la frase parezca
consumirse en una aporía en razón de
la necesidad del cálculo, la selección y la jerarquización, del otro como
completamente otro. Una política desde la amistad, una “otra” política que
comprende la amistad desde una nueva óptica, una política, que, de ser posible,
debe estar vinculada a la virtud en tanto que ésta no es posible sin la
tragedia del número y de la disimetría, es una política que debe tener el
reverso del poder o del deber ser amigo de sí; “Una archi-amistad se
inscribiría en el sello mismo del testamento. Y apelaría a la última palabra de
la última voluntad. Pero, hay por anticipado, esa archi-amistad la arrastraría
consigo también. Y no sería extraña ni la otra justicia ni a la otra política
cuya posibilidad querríamos dejar aquí que se anuncie, quizá. A través, quizá,
de otra experiencia de lo posible” (p, 42).

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